Sunday, December 16, 2007

EL ULTIMO PUIG


El último Puig.
Retrato del escritor como diva agonizante.
Escrito por Jaime Manrique.

Publicado en Primer Plano, Suplemento de cultura de Página/12, 15.05. de 1994. Buenos Aires: Argentina.

A comienzos de abril durante un coloquio en la Universidad de Yale, algunos investigadores afirmaron sin la menor prueba que Manuel Puig había muerto de Sida en Cuernavaca. Verificar ese dato era, sin embargo, una de las mayores obsesiones de los discípulos que el novelista argentino dejó en México y en Nueva York, y que se llaman a sí mismo "las hijas". Uno de ellos, Jaime Manrique*, emprendió hace tres años una búsqueda exhaustiva que lo llevó de Coyoacán, en ciudad de México, a la casa de Puig en la calle Orquídea y a la Central Quirúrgica de Las Palmas, en Cuernavaca. Su extenso informe -que aquí se publica condensado- trata de dar repuesta a los siguiente enigmas: ¿Quiénes eran las "hijas" de Manuel Puig? ¿Murió de Sida?¿Sufrió una operación infortunada? ¿Sus cenizas están en Buenos Aires o en México? Este relato apasionante, escrito en inglés e inédito en castellano hasta el presente, fue cedido en exclusividad por el autor para Primer Plano.



Conocí a Manuel Puig hacia 1977, en un taller de narrativa organizado por la Universidad de Columbia para todo público, cuyo único requisito era presentar un manuscrito aprobado por él. Llevé mi primera novela a su dirección en Bedford Street, Nueva York. El mismo acudió a la puerta, entreabriendo una pequeña rendija a través de la cual tomó el manuscrito, y me preguntó de dónde era. Cuando le dije que era de Colombia, me hizo algunas preguntas sobre Cartagena y luego prometió llamarme en cuanto hubiese leído el texto. Un par de días después telefoneó para decirme que podía asistir al taller y añadir que le había gustado mi trabajo porque brotaba "por debajo de la epidermis". Es casi imposible describir la emoción que sentí al oír aquel comentario de labios de un autor que idolatraba con ese ardor absoluto y irracionalde juventud. Leí la primera novela de Puig, La traición de Rita Hayworth, en 1968, cuando acaba de terminar la secundaria y era un inmigrante recién llegado a Estados Unidos. Yo vivía con mi madre en Tampa, Florida, y ambos trabajábamos en la misma fábrica, situada en el sector negro de la ciudad. Mi mamá era costuera y yo me dedicaba a sacar y ordenar la ropa sucia para lavar de unos enormes tambores. Los sábados en la mañana caminaba hasta el centro e iba a la Biblioteca Pública. Fue allí, en la sección de libros en castellano, donde descubrí la primera novela de Puig, que acababa de resultar finalista en el premio literario Seix Barral. Ese libro y los dos siguientes, Boquitas pintadas y The Buenos Aires Affair, con su mezcla de erudición cinematográfica, tangos y boleros, política radical, psicoanálisis y visión homosexual, me hablaron más directamente que cualquier otra obra de los escritores latinoamericanos del boom. Puig se convirtió en uno de mis héroes culturales. El retrato publicado en las ediciones españolas de sus libros, editados por Seix Barral, en el cual aparecía riendo, con un negro mechón de cabello agitado por el viento, me había seducido.En aquella fotografía parecía una estrella de cine italiano, una especie de Marcello Mastroiani joven y refinado.En Columbia, la gente del taller se reunió en una oficina de aspecto victoriano. Habiendo traspasado la barrera de los 40 años, Puig no era ni la sombra de aquella fotografía de la cual yo me había enamorado. Los rasgos clásicos mediterráneos eran los mismos, pero estaba un poco pasado de peso y una incipiente calvicie disolvía su frente. Aunque pude leer algunas de las entrevistas que le habían hecho, ninguna de ellas daba muchas pistas sobre Manuel Puig, el hombre. Toto, el muchacho protagonista de The Buenos Aires Affair hay una subtrama homosexual, por lo que deduje que Puig era gay, como la sensibilidad evidenciada en sus escritos.En persona, Puig resultó ser más teatral que Greta Garbo: tenía sus mismos gestos operáticos. Como en el caso de la Garbo, sus ojos eran una herramienta, un arma, no meros órganos visuales sino instrumentos para expresar lo que veía. Al igual que la gran diva, alzaba una ceja, la izquierda, para indicar pena, desdén, desesperación. Las cejas funcionaban como cortinas que se alzaban o caían para dejar al descubierto el fuego de sus ojos vivos. Unos ojos que podían arrebatar o abatir con su frialdad. Tenía lo que en ciertos círculos se denomina ojos Bette Davis.En aquel tiempo aún no había encontrado un lugar en mi familia, ni en el círculo de mis amistades. Debido a que en la sociedad colombiana sólo había una clase de homosexuales, las locas, había decidido a muy temprana edad cultivar una apariencia ruda. Me dejé crecer una barba al estilo Che Guevara, usaba chaquetas de cuero negro, blue jeans y botas. Puig, con sus sublimados amaneramientos de loca, pulsaba las teclas de mis peores temores; él representaba todo aquello que en lo que había temido transformarme durante mi adolescencia. En aquel entonces, yo tenía algunos pocos amigos afeminados, pero secretamente me sentía avergonzado de que, en el mundo heterosexual, me vieran con ellos. Si las novelas de Puig no me hubiesen cautivado de manera obsesiva, seguramente me habría causado una repulsión absoluta. Pero quizá por aquello de que polos opuestos se atraen, entre Puig y yo se estableció una química inmediata, aunque duraría sólo un tiempo, porque debido a mi pose de macho él veía en mí a un hombre de verdad.Si en público era abiertamente homosexual, en la intimidad se tornaba desenfrenado. Siempre se refería a sí mismo como "esta mujer" y era despiadado con aquellos escritores gays que ocultaban su homosexualidad; con un dejo de perversión, hablaba de ellos en género femenino. A todos los autores del boom latinoamericano los identificaba con estrellas de cine, y de Carlos Fuentes solía decir que "la rodea el glamour, como a Ava Gardner, pero ¿será capaz de actuar?". Estaba subvirtiendo el chismorreo homosexual, transformándolo en un instrumento válido de discurso crítico. Esta afectación femenina era, de hecho, el corazón de su arte. Puig usaba la homosexualidad como un medio para llegar al fondo de las cosas, como cuando hablaba de las películas costumbristas que en algunos países eran tratadas "como las mujeres, que son para disfrutarlas pero no para tomarlas en serio" o como cuando declaró en una entrevista que "el buen gusto puede ser una fuerza represiva".Puig adivinó desde el primer instante que sus ideas acerca de la homosexualidad eran más anticuadas, y más radicales, que las mías. Por ejemplo, él se sentía atraído por la virilidad en los hombres. Le gustaba lo que en la cultura latina se conoce como cacorros o bujarrones, los hombres que asumen el papel activo y que no se perciben a sí mismos en tanto homosexuales porque por lo general están casados. Un amigo mío, sesentón, me decía hace poco que ésa era la actitud típica de los homosexuales que hace 25 años buscaban prostitutos para sus devaneos sexuales. En aquel tiempo, un prostituto no era homosexual por definición. Lo que muchos afeminados de la época deseaban era hacer realidad su fantasía de acostarse con un heterosexual, e insistían en que los prostitutos se ciñeran a la imagen del macho. Mi amigo añadía que "muchos prostitutos no eran homosexuales, sólo lo hacían por dinero". En El beso de la mujer araña, que es en esencia un diálogo socrático, la loca Molina contesta a la pregunta heterosexual de Valentín:"-¿Y qué es masculino en tu concepto?" -Para mí son muchas cosas... bien, lo más agradable de un hombre es justamente eso, ser maravillosamente atractivo, y fuerte, pero sin hacer alarde de ello, y también significa caminar muy en alto..."Puig estaba demasiado cuerdo para no saber la diferencia. En efecto, él debe haber disfrutado su posición porque ésta era irracionalmente perversa.Más adelante en el libro, Valentín inquiere a Molina:"-¿Y son así todos los homosexuales?-No, hay otra clase. Esos que se enamoran unos de otros. Pero mis amigos y yo somos ciento por ciento femeninos. No entramos en esos pequeños juegos, eso es estrictamente para los homosexuales. Nosotras somos mujeres normales, nos acostamos con hombres". El momento decisivo una noche, siendo ya amigo de Puig, me habló de un momento crucial de su existencia cuando, cerca ya de la treintena, se dio cuenta de que no había hecho nada en la vida, excepto escribir guiones cinematográficos traídos por los cabellos e irrealizables. Estaba conversando con un viejo amigo suyo -"una vieja loca divina"-, quien le dijo: "En este instante tienes dos opciones, puedes convertirte en una loca demente y pasar el resto de tus días con el peluquero, o hacerte una verdadera mujer y transformar toda esta mariconería en arte".Puig hizo una pausa. Indiscutiblemente ése había sido el momento decisivo de su vida, aquél en el que los héroes oyen la voz que les revela la naturaleza de su misión. "Aquella divina mujer salvó mi vida", afirmó, "si no me hubiese dicho aquello, quizá me habría conformado con ser una loca caprichosa". Durante el taller en Columbia nos hizo reescribir algunos relatos. Nos dijo que no estaba interesado en leer nuestras autobiografías, pero que todo escritor necesitaba aprender a estructurar una narración, así que nos pidió que nos metiésemos en la estructura de textos ya escritos. La primera tarea que sugirió fue la película Carrie. Cada uno de nosotros escogió un personaje (yo tomé a Piper Laurie, la madre), y reescribió la historia desde el punto de vista de éste.He llegado a pensar que era un gran profesor, no por las cosas que hacía sino porque lograba que las personas que estaban en contacto con él dieran lo mejor de sí. El único consejo concreto que me dio fue:"Hazlo poético". Puig, que acababa de terminar El beso de la mujer araña, me animó a que abordara el tema gay. Comencé una novela homosexual inspirada en mi primer -y desafortunado- amor. Tiempo después, aquel otoño, regresé a Nueva York con el manuscrito completo. Puig leyó algunas partes y no estaba muy entusiasmado (poco inteligentemente, lo había escrito en inglés pensando que de haberlo hecho en castellano no conseguiría quien la publicara); sin embargo, me apremió para que publicara El cadáver de papá, mi primera novela, que había sido rechazada por varios editores en España. No obstante, con el estímulo de Puig, me decidí a enviarla al Instituto Colombiano de Cultura, donde la aceptaron. En el interín, me había convertido en amigo de Puig, o para decirlo de una manera que me gusta más, en una de sus hijas. Él no era el primer escrito famoso que conocía, pero era la primera persona a la que admiraba y que demostraba un vehemente interés por mi obra de ficción. Durante el invierno de 1979 le presenté a un científico amigo mío, con el cual salimos a cenar en un par de ocasiones. Manuel se sintió inmediatamente fascinado por aquel hombre, en primer lugar porque era de Bagdad. Manuel, en esencia, era alguien que anhelaba dejarse seducir por el exotismo y el romance.Habiendo crecido en General Villegas, un polvoriento villorrio de las pampas, suspiraba por la vegetación y el glamour y los buscó activamente durante toda su vida.Tanto en las películas como en la vida real, sentía gran pasión por el trópico. Construir un hogar en un paraíso tropical se le convirtió en una de sus grandes obsesiones. En la primavera del 78 regresé a Bogotá, y un año después recibí una carta de Manuel diciéndome que deseaba visitar Colombia. En junio del '79 lo encontré en las islas Canarias, en un congreso de escritores. Se cababa de editar Pubis angelical y él se sentía feliz porque el libro había esultado un best seller en España. Fuimos inseparables durante aquellos diez días que pasamos en las islas y Manuel me presentó a Severo Sarduy, además de otros escritores y críticos del mundo hispanoparlante. Yo era un recién llegado al mundo de la literatura, y él acostumbraba a presentarme como "mi hija, la debutante". Aunque algunos años antes esa feminización de mi personalidad me habría ofendido, él había tenido sobre mí una influencia liberadora, acudiéndome del yugo de mis ideas estereotipadas sobre la masculinidad y haciéndome sentir más tranquilo acerca de mi sexualidad. Aprendí que no sólo estaba bien, sino que era agradable comportarse como homosexual. Cuando nos despedimos, me comunicó su decisión de ir a Colombia un par de meses después.Una chica de clase media Nos vimos de nuevo en Bogotá. Fue entonces cuando me di cuenta de cuán infeliz era Puig. A lo largo de varias conversaciones entendí muchas cosas, entre ellas que él no podía soportar Nueva York debido al fracaso de un amor que luego transformaría en el relato de ficción Maldición eterna a quien lea estas páginas; y que estaba destrozado por la mala acogida que había tenido El beso de la mujer araña entre los críticos: en The New York Times Robert Coover hizo trizas el libro.A finales de los setenta, Puig era uno de los autores más admirados y leídos en América latina, superado sólo por García Márquez; sin embargo, el recibimiento que tuvo en aquella Bogotá conservadora y formal no fue ni por asomo apoteósico. Los intelectuales bogotanos se mantuvieron al margen. Ni siquiera sus conocidos (directores de periódicos y revistas que habían apoyado su obra) y sus editores en la ciudad lo llamaban o visitaban. Cuando comencé a indagar entre mis allegados la razón de esa actitud, frecuentemente esgrimían el nombre de El beso de la mujer araña para mofarse de Puig y hacer comentarios peyorativos sobre él. Lo que sucedía era evidentemente:el establishment literario no podía perdonarle a uno de los grandes escritores latinoamericanos que saliese con una novela gay. Muchos escritores heterosexuales y sobre todo muchos homosexuales reprimidos no deseaban que los asociaran con una loca públicamente reconocida.Él era sin lugar a dudas una loca, pero también una de las personas más sólidas que he conocido. Cierta mañana, durante su estadía en Bogotá, había planeado visitar el pueblo colonial de Villa de Leyva. Poco antes de salir de mi apartamento para recoger a Manuel en su hotel supe que uno de mis conocidos se había suicidado.Fui con el chofer al hotel y le conté a Manuel lo sucedido, añadiendo que era mejor que pospusiésemos el viaje para el día siguiente. No le gustó la idea para nada. Señaló que mi amigo estaba muerto y que yo ya no podía hacer nada por él, así que ¿por qué dejar para mañana lo que podíamos hacer hoy? Me dijo que mañana, cuando me sintiera mejor podríamos ir a visitar cualquier otro lugar. Me sentí herido y conmocionado, pero seguí adelante con el plan inicial y, ese día, Manuel me descubrió nuevas facetas suyas. Me dijo que los británicos eran las personas más racistas del planeta, que no había nada que odiase más que la burguesía intelectual italiana y que los hombres más bellos del mundo se hallaban detrás de la Cortina de Hierro. No tenía aún un título para la "novela migueliana" que había terminado en Cartagena. Durante una hora o más, jugamos con una serie de títulos hasta que dio con Maldición eterna a quien lea estas páginas. Le dije que yo nunca compraría una novela con ese título y se sorprendió tanto que decidió que eso era un buen augurio.Acompañándolo a todas partes durante aquellos meses en Bogotá me sorprendí de cuán modesto era.Pensaba que llevar corbata era darle mal ejemplo a los demás y se vestía con ropas que debía haber comprado en tiendas de segunda mano. En aquellas ocasiones en que nos invitaban a unahermosa mansión, hacía una pausa antes de entrar y musitaba:"¡Casa de gente rica!", como si de alguna manera sintiese que nopertenecía a aquel lugar. Cierta vez estábamos hablando acerca de un escritor aristocrático que conocíamos y Manuel dijo:"Agradezco haber nacido con las inclinaciones de una chica de clase media. Imagina lo que debe ser tener que sobreponerse a las pretensiones de toda esa gente". Una de sus películas favoritas era el melodrama mexicano de los cuarenta Nosotros los pobres.Manuel partió de Colombia, poco después, yo regresé a Nueva York. Aquel año, 1979, vendió los derechos de autor para la edición de bolsillo norteamericana de cuatro de sus novelas y por primera vez se encontró con que tenía en las manos un enorme fajo de billetes -cosa insólita, pues sus libros habían sido traducidos a 14 idiomas y habían vendido cientos de miles de ejemplares -con el cual abandonó Nueva York a la que había llegado a odiar. Se mudó a Río de Janeiro, pero después del fracaso de El beso de la mujer araña no pudo hallar un editor para Pubis angelical, y cuando salió Maldición eterna a quien lea esta páginas, el libro fue desechado con el calificativo de insignificante.Afortunadamente, se adaptó a Río. Llevó allí a su madre y ambos vivían en sendos apartamentos a dos cuadras de distancia. Cierta vez me describió su rutina diaria: en la mañana iba a nadar con su madre, luego escribía durante algunas horas tras las cuales almorzaba y tomaba una siesta para luego trabajar durante varias horas más. Pasaba las noches viendo películas en video junto a su madre y algunos amigos que iban a visitarlo. Parecía una existencia ideal.Había reanudado su relación con un obrero de la construcción, casado, con el cual se veía un par de veces, a la semana. A finales de los ochenta, cuando volvió a Nueva York, lucía más joven y saludable que la primera vez que lo vi; había cultivado un bronceado a lo Julio Iglesias, había perdido peso e incluso ya no se le caía el cabello. Se pavoneaba de su esbelta figura."Toca -me decía-, es la piel de una mujer de verdad."

La decepción argentina.


Puig solía decir que había dos clases de libros: los imperecederos y aquellos que no lo son. El beso de la mujer araña había sido un fracaso entre intelectuales y críticos, pero a la postre resultó ser uno de esos libros que no mueren. Desde el principio fue adaptado para montarlo en diversos escenarios de todo el mundo.En algunas ocasiones, la adaptación la hacían escritores y en otras, los propios actores. Cineastas como Fassbinder y Liliana Cavani querían llevarlo al celuloide. Manuel se irritaba muchísimo cada vez que oía acerca de un nuevo montaje, en Europa o América latina, sin su autorización. Para poner fin a aquella situación decidió adapatarlo él mismo. Cuando su versión fue llevada a las tablas en Río fue un verdadero éxito. También escribió una novela en portugués, Sangre de amor correspondido, cuyo traducción al ingles fue pésima; el libro fue criticado sin conmiseración. Al comentar la novela para la revista New York Native, la definí como amorfa pero incisiva y lujuriosa. Me impresionó porque era un valiente esfuerzo para superar la crisis creativa que lo aquejaba. Conservo una carta fechada el 28 de marzo de 1985 en la que expresa sorpresa por el frío recibimiento que tuvo esa obra. "Querido Jaime: Pequeña hija de Gothman: ¿Cómo estás?", comienza, y luego de darme las gracias por la crítica, continúa diciendo "la novela fue recibida con cierto rechazo misterioso. Aquí en Brasil fue ignorada, y te aseguro que el original en portugués fue leído cuidadosamente por expertos en el idioma y su autenticidad es irreprochable. ¿Será que temen excitarse con un macho como ése? En España tuvouna mejor acogida... no he vuelto a Nueva York en largo tiempo, desde octubre del 83, ésta ha sido mi mas larga ausencia. En noviembre estuve en Los Ángeles para un maravilloso proyecto de película que resultó un fiasco. De la película sobre La mujer araña no sé nada. El guión es malo, pero ¿podría ocurrir un milagro? Me han prometido una presentación privada en dos semanas, aunque todavía hace falta darle unos toques finales. Hicieron una película sobre Pubis angelical en la Argentina, un verdadero horror..."Hablando de la Argentina, poco antes que cayeron los militares, tres meses antes, mis libros entraron al país, especialmente El beso de la mujer araña. Bueno, ha transcurrido más de año y medio y todavía no ha aparecido ni siquiera una pequeña nota de la crítica, ni a favor ni en contra. ¿Qué piensas de eso? Todo esto a despecho de que ya hace cuatro años que la lectura del libro está incluida en los programas de estudio de las universidades francesas, además de que constantemente aparece en cursos de literatura latinoamericana en todas partes, y de que se ha derramado mucha tinta tanto elogiándolo como rechazándolo, en cientos de periódicos. Lo que me pasma es el silencio unánime, nadie dice una palabra.Realmente asombroso" Mi país le tiene terror a los misterios del espíritu". Por supuesto, todo esto cambió en 1985, cuando se estrenó la versión cinematográfica de Héctor Babenco de El beso de la mujera araña, la cual tuvo un considerable éxito comercial y fue aclamada por la crítica.Repentinamente, a los 52 años, Puig era nuevamente famoso; de hecho, más de lo que nunca había sido. Encontró editor para la versión de Pubis angelical en inglés y éste incluso recibió algunos elogios, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta que es un libro fabuloso. Mario Vargas Llosa en el Sunday New York Times se refirió a Puig como a uno de los maestros de la narrativa latinoamericana contemporánea. Todos sus libros fueron reeditados y por vez primera en su larga carrera adquirió seguridad económica. Finalmente recibía los reconocimientos que anhelaba.Aunque tanto Boquitas pintadas como Pubis angelical fueron llevadas al cine, ninguna de estas dos realizaciones alcanzó el éxito de El beso de la mujer araña,que restauró su reputación internacional; sin embargo, a pesar de que hubiera debido sentirse contento con ello, odiaba la película. De la celebrada actuación de William Hurt, Manuel decía:"la Hurt es tan mala que probablemente gane el Oscar" (Y lo hizo!). Cierta vez Banenco me comentó que él pensaba que la reacción de Manuel se debía a que no podía concebir que nadie más que él encarnase a Molina. Y hasta cierto punto tiene razón. (A Manuel llegaron a gustarle algunos actores que hicieron el papel de Molina en representaciones teatrales), Con excepción de Toto -el muchacho encandilado con la estrella de La traición de Rita Hayworth -había más de Puig en Molina que en cualquier otra de sus creaciones. Molina es seguramente lo que Toto habría sido al crecer, si Manuel no se hubiese topado con aquel amigo que le urgió para transformar sus devaneos en arte.

Una historia de amor.


A finales de los ochenta, Puig fue a Nueva York para hacer algunas lecturas públicas y recibir algunos homenajes. En 1987, el Barnard College preparó una semana de reconocimiento a su trabajo y pasé algún tiempo con él el último día. Hubo una lectura de su adaptación teatral de El beso de la mujer araña a la que siguió una larga recepción durante la cual fue entrevistado por los periodistas una y otra vez. Aquella noche en Barnard insistió en que me quedara hasta el final, y cuando terminó caminamos hasta Broadway, pasamos por Columbia, donde nos habíamos conocido, y llegamos a un restaurante en el vecindario. Durante el trayecto algunos estudiantes lo saludaban gritando: "Qué tal, Manuel Puig!", Manuel decía "¿Viste? Qué famosa!" parecía muy satisfecho. Aquella noche habló de que nunca había tenido un amante porque "a los hombres no les gustan las mujeres de éxito". Durante la cena, por primera vez en la vida, conversó un poco sobre sus encuentros con celebridades como Madonna y Sonia Braga. Que aquellas glamorosas diosas sexuales lo buscasen significaba mucho para él. Hice bromas acerca de que la gente a la que yo conocía hoy en día se refería a él como a un recluso, como una figura al estilo de Greta Garbo. Me concedió una sonrisa digna de la Mona Lisa.Lo vi una vez más, en 1990, cundo apareció en la YMHA de la calle 92. Aquella noche Maldición eterna a quien lea estas páginas, dándoles a los diálogos una lectura de cariz homosexual que no se percibía en las páginas mpresas. La novela me pareció en aquel entonces una especie de Esperando a Godot, versión gay. Quizás esta novela, como sus otros trabajos de la última etapa, aspiraban a ser obras de teatro después de todo. Los parlamentos rebosaban erotismo y pathos. La historia era débil, de acuerdo, pero a la vez era graciosa, punzante; funcionaba hermosamente en un escenario. En el período de preguntas y respuestas -la audiencia, una vez más, estaba conformada más que todo por mujeres-, habló sobre su nueva novela, Cae la noche tropical, la cual era, según dijo, una historia sobre la necesidad de los viejos de amar a gente joven.Luego hubo una pequeña recepción, durante la cual anunció para mi sorpresa, que se mudaba a Cuernavaca ya que la crisis del Sida había transformado a Río en una ciudad apestada. En 1990, estuve en contacto con él, ya que había aceptado una invitación para hacer una lectura en un acto a beneficio de escritores y editores con Sida en el capítulo americano del Pen Club. Le mencioné que durante los últimos años había estudiado El beso de la mujer araña con mis alumnos y lo sentía muy cercano a mí cuando discutíamos el libro.Durante muchos años había considerado que Boquitas pintadas era su obra maestra, pero El beso de la mujer araña había comenzado a revelarme niveles más profundos de significado. Pienso que es una de las más grandes historias de amor que se han escrito, una de las más osadas y novedosas novelas del siglo y un trabajo de esplendor místico. No hay otro relato que combine con el cine. Y, por supuesto, descubrí por qué Manuel había citado al Quijote cuando estábamos en Bogotá: había reescrito a su manera la obra de Cervantes. En la versión de Puig, Molina y Valentín son respectivamente Don Quijote y Sancho Panza. Como Don Quijote, El beso de la mujer araña es muchos libros en uno; es una exploración de las necesidades humanas de libertad, fantasía y sueño para perseverar y triunfar incluso ante las más grandes injusticias.

Becky Welles en el Parnaso.

Estaba en Virginia, en julio de 1990, cuando recibí la noticia de la muerte de Manuel Puig en Cuernavaca. Aunque sabía que lo quería, la profundidad de mi dolor me sorprendió. Lo repentino de su muerte, aunado al hecho de que sucedió justo en el momento en el cual iniciaba una nueva vida, me pareció un chiste macabro. El obituario del New York Times estaba lleno de informaciones desconcertantes: hablaba de que sus deudos, además de la madre, María Elena (Doña Male) de Puig, eran su hermano Carlos Puig, y dos hijos, Javier Labrada y Agustín García Gil. Los dos hijos eran obviamente dos hijas, que era como solía llamar a los numerosos jóvenes a los que era afecto. Sin embargo, los escritores gays que lo conocían se sientieron irritados porque la mención de los dos hijos lo hacía parecer, a los ojos de quienes no lo conocían, como si hubiese sido heterosexual. La necrofilia es un impulso muy fuerte en la sociedad argentina y en la cultura latinoamericana. Poco después de la muerte de Puig, comenzó a tejerse una extraña mitología a su alrededor, como si él fuese una especie de Evita Perón de la literatura. Después de muerto se conviritó en una figura todavía más desconcertante de lo que había sido en vida. Aunque oficialemente murió de un ataque cardíaco, producto de una operación de la vesícula biliar, comencé a escuchar versiones que señalaban que estaba enfermo de Sida. Algunas de las personas cercanas a él comenzaron a admitirlo con cierta renuencia, otras lo negaron vehementemente, como si haber contraído la enfermedad lo disminuyese y opacase sus logros. Después de todo, si la homosexualidad es el gran tabú de la cultura latinoamericana, el Sida es poco menos que innombrable. La pena por su muerte se prolongó durante el otoño.Ciertamente, él había sido mi madre literaria y yo estaba desconsolado como si hubiese muerto mi madre real. El duelo era una mezcla del hecho de que había demasiadas preguntas sin respuestas acerca de su muerte. Reinaldo Arenas, el otro gran escritor homosexual latinoamericano, amigo y vecino, insistía en que sabía de buena fuente que Manuel había muerto por complicaciones debidas al Sida. Fue entonces cuando decidí que viajaría a México a tratar de descubrir qué había sucedido con Manuel. Llegué el 22 de junio de 1991. Fue sólo después de una semana de esta allí que caí en cuenta de que mi arribo había coincidido con el primer aniversario de la muerte de Manuel.El objetivo de mi viaje era tratar de hablar con Javier Labrada y Agustín García Gil, los hijos, y también ver la casa en que Manuel había muerto. Llamé a Javier Labrada desde Nueva York para solicitarle una entrevista. Tenía su dirección y número de teléfono porque, durante un tiempo, mientras se instalaba en Cuernavaca, Manuel había recibido allí su correspondecia.Aceptó reunirse conmigo y me pdió que le llamara en cuanto llegara. Le telefoneé al día siguiente de aterrizar en Ciudad de México, pero no se encontraba, así que le dejé mensajes tanto en su casa como en su oficina. Mientras esperaba que se pusiera en contacto conmigo, llamé a mis otros conocidas en la ciudad para verlos.Cuando mencioné el propósito de mi viaje a los intelectuales o los que conocí, me dijeron que el rumor que circulaba en México era que Manuel había muerto de Sida, ya que durante los ocho meses que vivió en Cuernavaca nadie lo había visto. Otra teoría era que había muerto porque era tan tacaño que había escogido no ir a un buen hospital en Ciudad de México, cosa que había escuchado antes. Me contaron cómo Manuel había desperdiciado tres días críticos de su enfermedad llamando a distintos hospitales preguntando por las tarifas, y que había decidido quedarse en una clínica de Cuernavaca porque era la más barata. Se decía que "nadie en sus cabales se opera en Cuernavaca". Tres días después de mi llegada llamé nuevamente a Javier Labrada. Estaba en su oficina y, como buena loca, fue muy amable e hicimos planes para encontrarnos el sábado en el café El Parnaso, del barrio de Coyoacán. Así que el sabádo a las 10.05 (el insistió en que nos encontráramos exactamente cinco minutos después de la hora), Javier Labrada, ataviado con una franela del Fantasma de la ópera, se acercó hasta mi mesa bajo el toldo del café.Aunque cuarentón, debido a que es un hombre rollizo de tez rosada, hay algo infantil en su rostro. Su cabello rojizo adornado por hebras de plata y sus ojos de ágata son impresionantes. Es una cara que por su aparente inocencia y vulnerabilidad induce a escucharlo. Después de sentarse y ordenar un café, comenzó a narrar el último día de la vida de Manuel. Noté que hablaba moviendo sus manos como si estuviera espantando mariposas alrededor de su cabeza; por momentos parecía que estuviese tocando castañuelas. Estos eran los amaneramientos de Manuel, esos mismos que William Hurt copió para su puesta en escena de Molina en El beso de la mujer araña. Labrada se refería siempre a Manuel como Rita o mi mami. Durante casi dos horas y media habló sin parar. Como deseaba que se sintiera cómodo decidí no tomar notas. Cuando terminó, me sentía aturdido, he aquí lo que puedo recordar de nuestra conversación:Le pregunté acerca del obituario del New York Times en el que Agustín García y él habían sido identificados como hijos de Puig, creando confusión entre quienes lo conocíamos. La indiferente explicación de Labrada fue: "Rita tenía dos hijas: Yasmin (Agustín García Gil) y Rebeca o Becky, que soy yo. Soy su hija con Aga Khan. Yo heredé el cerebro de Rita y el físico de mi padre".Lo que pasó fue que cuando las agencias internacionales comenzaron a localizar a la familia tan pronto como se supo la noticia de la muerte, le preguntaron una y otra vez quién era, asi que pensó que la mejor forma de hacerse cargo de todo era decir que era su hijo. Acerca de Agustín García Gil -la otra hija- me dijo que vivía en Monterrey. En una época fueron enemigos. Después de las visitas de Yasmin, Labrada solía prguntarle a Manuel: "¿Desinfectaste bien la casa?" No obstante, al finalde la vida de Manuel se reconciliaron y hoy son dos buenas hermanas.Labrada señala que ha recibido muchísimas críticas por hacerse pasar por el hijo de Manuel, que lo han acusado de haberlo hecho para quedarse con la herencia. Al momento desu muerte, la casa de Manuel estaba a nombre de Labrada, ya que como extranjero Puig no podía tener propiedades en México hasta tanto su situación no estuviese legalizada. "Podía haberme cruzado de brazos y no hacer nada, pero no podía hacerle eso a mi mami. Puse todo a nombre de la madre de Rita". Le pregunté por Carlos, aquel hermano salido de la nada. Labrada lo había conocido hacía algunos años en Buenos Aires y arrugaba la nariz cuando pronunciaba su nombre.Le pregunté:"¿Manuel tenía Sida?" Lo negó con vehemencia. Contestó que si Manuel no había visto a nadie era porque estaba arreglando la casa para recibir a sus amigos y admiradores. Y que si estaba tan delgado era porque se la pasaba haciendo dietas y porque era un adicto al ejercicio. Es más, que cuando los detalles finales de la casa estuvieron listos, Manuel había dicho:"Ahora comienza el glamour".

El día de la muerte.


Habló prolijamente acerca de las obras de teatro de Manuel. Un par de semanas antes de mi llegada había terminado la temporada de El misterio del ramo de rosas, producida por Labrada. Me habló de su viaje a Hollywod con Manuel para la première de esta obra con Anne Bancroft y Jane Alexander. De acuerdo con Labrada, la crema y nata de Hollywood asistió: Sally Field, Daryl Hanna, Gena Rowlands. Bancroft había propuesto la obra para una película. También me contó de un viaje a Nueva York, un par de meses antes de la muerte de Puig para ver los ensayos finales de la ahora premiado comedia musical El beso de la mujer araña. Manuel se había disgustado mucho porque la versión musical de la novela homónima, en su ensayo general, había recibido críticas negativas. Sin embargo, resultó un éxito enorme en Broadway.La charla se desvió hacia los amantes brasileños de Manuel, uno joven y otro viejo, casado -el obrero de la construcción-, Labrada caracterizó aquellas relaciones como "amores en las sombras". Ella (Manuel) era la otra.Pocas semanas antes de su muerte, Manuel recibió una postal del amante mayor en conmemoración de los 20 años de su primer encuentro. Este gesto romántico lo conmovió profundamente. Me contó que Manuel se cuidaba mucho de hablar en femenino delante de su madre, pero que algunas veces ella utilizaba el género para referirse a Manuel o Javier, y que en ocasiones cuando estaba viendo una película en la casa, Manuel se le paraba detrás y, sin que ella se diera cuenta bailaba el famoso número de Rita Hayworth en Gilda, Put the Blame on Mame, así como otras piezas reconocidas. Manuel le había hecho un horario a Doña Male, para que pudiera ver una pelíucla en la mañana y otra en la tarde.Me contó que el domingo antes de la muerte de Manuel habían visto en video la película de John Ford, The Lost Patrol, y que a Manuel no le había gustado y la había quitado. Dos días después Manuel comenzó a quejarse de dolores y a vomitar. Su médico estaba fuera de la ciudad y él empeoró con rapidez. Cuando un amigo recomendó que Puig fuese a un hospital para que lo operaran, él decidió ir a la Central Quirúrgica Las Palmas, una pequeña clínica privada en Cuernavaca.Empezó a delirar después de la operación, así que tuvieron que amarrarlo. Labrada se alarmó con el estado de Manuel y para probar su lucidez comenzó a hacerle preguntas sobre La vida privada de Don Juan de Alexander Korda, con Douglas Fairbanks, padre, y Merle Oberon, que estaban proyectando esa noche en la televisión mexicana. Cuando Manuel respondió correctamente acerca de la trama, los actores y los detalles de la producción, Labrada decidió que no estaba tan enfermo. Poco a poco mejoró, y dos días antes de su muerte, los médicos dijeron que lo darían de alta el siguiente martes. El martes, poco después de la medianoche, Labrada recibió una llamada avisándole que Manuel había fallecido. Cuando llegó al hospital se encontró con que estaba cubierto de flores que Doña Male había hecho traer para él."No puedo perdonarle a esa mujer que me haya abandonado así", dijo Labrada suavemente, herido por la traición de su prematura muerte. "Sé que me la voy a encontrar en la próxima vida porque me quedaron pendientes muchas preguntas para ella"."Yo también", dije. Siento que la muerte de Manuel fue extemporánea. Trás un período durante el cual, debido a diversas razones, mi vida y me carrera habían colapsado, apenas había empezado a recoger los pedazos en los últimos años y hubiera querido que Manuel me viese trabajando y publicando de nuevo. Algunos meses antes le había enviado un relato corto El día que me besó Carmen Maura, y me sentí feliz cuando me dijo que le había encantado.Le pregunte a Labrada cómo se había recibido la muerte de Manuel en la prensa mexicana y en los círculos intelectuales del país. Un periódico, dijo, publicó la foto del ataúd de Manuel en el salón de la funeraria, que había sido cerrado esperando la llegada de la familia. El titular decía "Puig muere solo!"."Rita no estaba sola", comentó amargamente Labrada, "yo estuve con ella todo el tiempo". También habló de un servicio en su memoria, al cual asistieron numerosos intelectuales y diplomáticos argentinos y en el cual se desplegó ampliamente la bandera argentina.Cenizas en la calle orquídea.Finalmente mencionó lo que más me inquitaba:¿habían llevado las cenizas de Manuel a la Argentina? Después de haber recibido amenazas de muerte, tras la publicación de The Buenos Aires Affair, y de que El beso de la mujer araña fuera prohibido, Manuel se negó a retornar a su país. Considerando que había hecho de no volver un punto de honor, aun cuando vivió al lado, en Brasil, durante diez años, sentía que había sido una burla a sus deseos, cuando ya no dependía de él, hacerlo regresar. "Mi mami y Doña Male eran ateas", dijo Javier, "Mami fue cremada y conservé sus cenizas durante siete meses". La mejor respuesta que puedo darle a tu pregunta, dijo haciendo una pausa y asumiendo una pose enigmática heredada de Manuel, "es que me he fumado muchísimos cigarrillos en mi vida... quizá lo que se fue a la Argentina era la ceniza de mis cigarrillos... quizá derramé las cenizas de mi mami en la calle Orquídea de Cuernavaca, a la que amaba tanto". "¿Así que las cenizas que están en la Argentina no son las de Manuel?", pregunté riéndome a carcajadas. "Te dejo con esa duda", contestó Labrada con expresión de niño travieso.Javier Labrada se encargó de programar las películas de la televisión mexicana, y fue debido a esto que se inició su relación con Manuel, cuando éste visitó México en 1974 en un viaje de investigación para la versión mexicana cinematográfica de El beso de la mujer araña. Es obvio que Labrada adoraba a Manuel, que era su más ferviente admirador. Para Javier, Manuel era una diva, una superestrella. Aquella mañana, antes de espedirnos, le pregunté a Labrada por la última dirección de Manuel en Cuernavaca. Me la dio y se ofreció a llamar al vigilante para que yo pudiese ver la casa. A la mañana siguiente, el amigo en cuya casa me estaba quedando se ofreció a llevarme hasta Cuernavaca, situada como a una hora de Ciudad de México, en un verde valle abrazado por redondeadas colinas. Es un pueblo donde la gente acomodada de la capital tiene casas para pasar los fines de semana. También viven allí cientos de jubilados norteamericanos, así como mucha gente que va a jugar tenis, nadar en las piscinas y tostarse al sol. La ciudad tiene estrechas calles tortuosas que suben y bajan; muchos de sus parques, plazas y bulevares están cubiertos por una frondosa vegetación. Todas las casas grandes están escondidas tras altos muros algunas veces pintados de un solo e imponente color que pareciera salir de la imaginación del elegantemente visionario arquitecto Luis Barragán. Sobre los muros, ramilletes de buganvillas rojas, blancas, anaranjadas y púrpura se derraman sobre la calle.

Último hogar.


Era la una de la tarde cuando llegamos al Nº 210 de la calle Orquídea y tocamos el timbre. Durante al menos diez minutos, nos quedamos ahí, golpeando la ancha puerta negra de metal, y llamando a gritos, pero no hubo respuesta. La única cosa que podía ver desde la calle era la punta del plato de la antena parabólica. Ya estábamos de regreso en el auto, con el motor encendido, cuando un niñó abrió la pesada puerta de metal. En mi nerviosismo balbuceé un largo discurso explicando que era alumno de Manuel y que había hecho un largo viaje desde Nueva York para ver la casa. El chico, que no tendría más de diez años, parecía aturdido, pero nos invitó a pasar. Fue mucho después que me percaté de que, como la casa estaba en venta, me la hubieran mostrado de todas formas. Aunque había imaginado que la casa sería hermosa, el lugar era mucho más suntuoso de lo que nunca podía haber imaginado. Está distribuída en cuatro niveles. La casa principal está a la derecha de la entrada. Es una estructura moderna, en la que predomina el vidrio y que fue construida quizás hace unos 30 años. Detrás unos amplios jardines, y frente a ellos un lecho de cientos de gardenias blancas en flor y de diminutas matas de magnolias. Desde este lugar pueden contemplarse las azules montañas del valle donde se asienta Cuernavaca.No entramos al edificio principal pero continuamos caminando. Noté una gran profusión de árboles frutales y el seto que separaba un nivel del otro. Tejidas sobre los setos, largas trezas de cayenas rojo fuego a las que les dicen llamarada. Mi amigo me hizo notar que los setos eran regios, como aquellos que aparecen en Relaciones peligrosas. Mientras descendíamos, a nuestra izquierda, un jardín de paltas, guayabas, naranjas, ciruelas y mandarinas. Tras aquellos árboles,encajonados en paredes de buganvillas multicolores, se encontraba una estructura de dos pisos a la cual el muchacho se refería como "el bungalow". Javier Labrada me había dicho que Manuel no había termindo de amoblar el segundo piso, que estaba destinado a ser la casa de huéspedes. Este consiste en una amplia sala, una cocina my espaciosa y dos habitaciones con baño. Salimos de esa casa y bajamos por una escalera hasta el pimer piso, al estudio de Manuel, un lugar con altas ventanas de cristal y del tamaño de un loft del Soho. Lo primero que noté fueron los afiches motados recostados contra la pared.Había uno grande de la versión cinematográfica argentina de Boquitas pintadas y también de algunos de los montajes teatrales de El beso de la mujer araña en alemán, portugués, español, italiano y francés. Aunque pocos días antes se habían enviado 16 cajas de libros documentos a una universidad estadounidense, aún quedaban remanentes de la biblioteca de Manuel en las estanterías de metal de doce tramos, uno de los cuales intenía cientos de volúmenes de sus trabajos traducidos a por lo menos una docena de idiomas. Dos pilas de pequeñas libretas, con la inscripción Diario, me llamaron la atención. Revisé muchas de ellas y contenían casi exclusivamente un recuento detallado de las películas que veía, las cartas que recibía. Mucho de estos cuadernos pertenecían al período neoyorquino de Puig. Al abrir uno al azar vi que, para el 10 de enero de 1976, tenía:They Drive by Night, A Date, with Judy, Nancy Goes to Río. Al día siguiente, un domingo la lista era: If Y had a Million, The Falcon in Hollywood, el musical de Stephen Sondheim Pacific Overtures y algo llamado Novak´s Bondage. Casi todos los días tenía anotadas tres o cuatro películas. Estaba revisando las libretas cuando entró el padre del muchacho, el encargado. Adán Mendiolo García tiene cuarenta y tantos años, oscuro bronceado de surfista, bigotes negros y rasgos atractivos. Vestía una franela blanca, una gorra roja de béisbol, blue jeans desteñidos y zapatos de goma. Dijo que por ahora cuidaba la casa, hasta que ésta fuera vendida, pero que había sido el chofer y jardinero de Manuel. Me sentía muy conmovido por los libros y los afiches, por la belleza de aquel cuarto inundado de luz y por el tamaño del estudio, que era al menos diez veces más amplio que el cuchitril en el cual Manuel había vivido en Bedford Street. Sentí un dolor punzante cuando den Adán me contó que Manuel había muerto cuatro dias antes de completar los detalles finales de aquel estudio.Al dejar ese cuarto, vimos debajo de nosotros, en un prado de grama color verde lima, una gran piscina púrpura, el agua tallada por los reflejos del sol. Manuel y su madre habían nadado a diario durante años. Don Adán comentó que antes había allí una cancha de tenis pero que Manuel había ordenado quitarla para construir la piscina. "No llegó a nadar allí sino unas diez veces", murmuró don Adán. La pileta, de una belleza surrealista, parecía una enorme pintura de David Hockney. A su derecha, en el último nivel, estaba la casa donde vivían don Adán y su familia. Por último llegamos al primer nivel, donde vivían Manuel y su madre. El primer cuarto al que entramos fue el de Doña Male. Al lado, el cuarto de las películas, que también le sirvió de estudio mientras remodelaban el otro lugar. Todavía estaba allí una oscura repisa de troncos de árbol sobre la cual descansaban la televisión y el VHS. Luego caminamos por un pasillo que llevaba al otro lado de la casa. En un nivel inferior había una habitación de huéspedes que don Adan describió como "el cuarto de don Javier". El armario, de unos tres metros de alto, había estado atiborrado con miles de videos cinematográficos de Manuel, explicó don Adán. Cerré los ojos tratando de imaginar aquel espacio completamente desnudo, ornado con los objetos que Manuel había ido coleccionando a lo largo de la última década de su existencia y con unas cortinas sacadas de una comedia musical en tecnicolor de la MGM o de una fantasía vienesa de Ernst Lubitsch.

Premoniciones.


Mi amigo y la familia de don Adán salieron del cuarto, pero yo me senté en una silla al lado de una pared próxima a una mesita de teléfono con por lo menos una docena de cartas de todas partes del mundo dirigidas a Doña María Elena de Puig. También había algunos estados de cuenta bancarios dirigidos a Manuel. Entonces, don Adán me preguntó cuánto había conocido a Manuel. Le conté que había sido su alumno y luego su amigo durante 15 años, y cómo lo repentino de su muerte me había afectado y que ésa era la razón por la cual había decidio viajar desde Nueva York para tratar de encontrar respuestas a las preguntas que se amontonaban en mi cabeza. Don Adán sonrió. "No sabe cuántos periodistas estuvieron tratando de husmear por aquí después de su muerte, pero me negué a hablar con ellos", dijo. "No haría nada que pudiese dañar a don Manuel o a la familia. Él era un hombre muy bueno. Yo no lo habría cambiado por un puñado de dinero".Entendí que ahora, un año después de su muerte, don Adán quería descargarse de recuerdo y sentimientos. Al principio, sus evocaciones tenían la disparidad de los pensamientos que se agolpan en la mente salidos de ninguna parte. Habló de cómo llevaba a Manuel en el auto hasta la ciudad para ir al banco. "Don Manuel iba con aquellas sandalias viejas y yo le decía "Don Manuel, no puede ir a la ciudad así. Tiene que ponerse unos zapatos", y él respondía:"Pero es que no tengo zapatos buenos´. Sacaba montones de dinero del banco en una vieja y sucia bolsa de papel", contaba sonriendo, "y luego nos íbamos de compras. Entonces, de camino a casa, yo le pregutnaba por la bolsa y él respondía "no tengo idea de dónde está". Regresábamos al último lugar donde habíamos estado y por supuesto la bolsa estaba allí. ¿Quién pensaría en llevarse aquella bolsa horrible?" Hizo una pausa y se puso pensativo. "Es curioso como a veces predecimos nuestra propia muerte", soltó. "Unos meses antes de morir me dijo un día en el auto: ´Tú eres la persona indicada para cuidar a mamá cuando yo ya no esté´. ´¿Qué cosas está diciendo, don Manuel?´, le repliqué. ´Usted es quien se va a ocupar de su madre. ¿Por qué dice esas cosas?". Estaba claro que este hombre había querido a Manuel y que, a su vez, éste había apreciado el regalo de su presencia durante los últimos ocho meses de su vida. Cuando pienso en él la primera imagen que conjuro es su naturaleza gentil y pensativa.Probablemente, mucha de la gente que lo quiso, como este hombre, poseía algunas de las mismas cualidades.Habló ávidamente sobre un suceso que había cambiado su vida y la de su familia y que aún, después de un año, lo atenazaba. Su versión de lo ocurrido se contradecía con lo que me había contado Labrada. Al principio, había un dejo de profunda tristeza en su tono mientras describía, con la misma atención que pone un juglar en los detalles importantes, los acontecimientos que concluyeron con la muerte de Manuel. El lunes 16 de julio Manuel comenzó a tener cólicos, vómitos, escalofríos y diarrea. Manuel bebía té y se negaba a hacer nada para remediar su estado. Al día siguiente, se encontraba peor aún, pero no quiso llamar a nadie porque su médico en Cuernavaca estaba de vacaciones.Para el miércoles, su situación había empeorado tanto que llamaron a un médico. Luego de un breve reconocimiento, recomendó que lo llevaran inmediatamente al hospital. Fue entonces cuando Manuel decidió ir a la Central Quirúrgica las Palmas. En ese momento ya estaba tan débil que don Adán tuvo que alzarlo hasta el auto. Le hicieron radiografías y éstas revelaron que era necesario extirparle la vesícula biliar; la operación se llevó a cabo. Los primeros síntomas de que algo no estaba bien se hicieron presentes cuando pasó el efecto de la anestesia. Estaba delirante y muy nervioso. Comenzó a actuar de forma irracional y se arrancaba las agujas de suero de los brazos. "Solamente estaba asustado", apunta don Adán. Debido a que no se quedaba quieto, decidieron amarrarlo. Don Adán pidió correas especiales que no le maltrataran las muñecas y Manuel fue asegurado a la cama.Historia de la muerte.Comenzó a deteriorarse. Javier Labrada vino a visitarlo, y Male de Puig y don Adán estuvieron al pie del lecho todo el tiempo. Al día siguiente, el médico le pidió a don Adán que saliera un momento del cuarto. Afuera, le preguntó si Manuel era homosexual. Don Adán se puso furioso. "Usted sabe cómo era don Manuel", me dijo. "Yo me sentí indignado. No podía creer en la falta de delicadeza de aquel médico. Dije que nunca había visto nada que me lo hiciera suponer, y de todas maneras, ¿qué importaba?" Fue entonces cuando lo presioné. "¿Le preguntaron si Manuel era homosexual porque le dijeron que tenía Sida?" Don Adán se recostó pesadamente en la pared, su cara se le hundió en el pecho y, mirando al suelo, permaneció en silencio. Después de un rato, aún con la cabeza gacha, pero en un tono de rabia contendia, explotó. "El dueño del hospital fue muy malo con don Manuel. Las cosas que podría contar si quisiera hablar. Pero, ¿para qué? Don Manuel tenía gran dificultad para respirar, su boca estaba abierta todo el tiempo. Yo le daba unas gotas de agua y trataba de cerrarle la boca. Su lengua comenzó a salirse y luego se puso verde... Les supliqué que le abrieran la garganta para que pudiera respirar... Estaba fuera del cuarto a las 3.30 de la madrugada del martes cuando un médico me llamó. Me preguntó ¿conoce usted a Manuel Puig? Asentí. ´Ha muerto´. Entré. Estaba en la cama con los ojos muy abiertos, mirando a la lámpara del techo. Parecía que lo hubieran espantado antes de morir. Le cerré los ojos". Según la versión de don Adán, Doña Male de Puig aceptó la muerte de Manuel con mucha calma. Pensé: casi como si la hubiese estado esperando. Conversamos un rato más y luego salimos a la tarde luminosa. El olor de las gardenias era embriagador. Se lo comenté. "En la noche, cuando todas se abren, un olor dulce se mete por toda la casa.Algunas veces, tarde en la noche, cuando todo está callado, recorro los cuartos y pienso cuando don Manuel y su madre estaban aquí y me pongo nostálgico", reflexionó. Aunque me sentía triste, fuimos directamente a la Central Quirúrgica Las Plamas, donde me presenté a la enfermera encargada de la recepción. Ella dijo que ni a la enfermera ni los médicos que habían atendido a Manuel se encontraban. Pregunté si podía ver algo del hospital y me dijo que estaba bien que diera una vuelta. Aun para los standards del Tercer Mundo el lugar era demasiado sucio y destartalado. Estaban en mitad de una construcción, pero los cuartos eran pequeños y oscuros, casi espeluznantes, y me puse incómodo sólo de verlos. No pude evitar pensar que Manuel había escogido aquel lugar porque estaba escondiendo algo.

El destino de Greta Garbo.


Regresamos a Ciudad de México al final de la tarde. Aquella noche mi cabeza bullía de preguntas. Era duro creer que si Manuel tenía Sida y sabía que iba a morir, -y hubiese gastado toda su energía- creando aquella casa de ensueño, a conciencia de que no iba a poder disfrutarla. Por otra parte, debió haberse negado a sí mismo la enfermedad. Después de todo, los enfermos terminales a veces se dedican a empresas heroicas que se transforman en el combustible que los matiene en pie.También se convierten en coleccionistas obsesivos; objetos que dejan tras de sí y que se transforman en monumentos a su sentido de la estética.Al día siguiente, me levanté listo para regresar a Cuernavaca y hablar con los médicos. Sin embargo, en la medida en que fue avanzando la mañana comencé a desmoronarme. Para mediodía sabía que aquel día no iría a Cuernavaca. Sentí que quizá Manuel no querría que fuera más lejos; que si había tratado tan desesperadamente de defender su intimidad, yo debía respetar su voluntad. Se comenta que Greta Garbo dijo: "No me importa si muero, en tanto Greta Garbo viva". Puig, aquel hombre obsesionado por llevar el control de hasta el último detalle, que había programado un riguroso horario de películas para su madre y él mismo, era evidente, había querido orquestar el capítulo final de su vida. Como Garbo, quería ser recordado saludable, delgado, jovial y apuesto. Los paralelos de su vida con la Garbo de A Woman of Affairs se volvían singularmente sorprendentes. Diana Merrick (Garbo) es, al comienzo de la película, una radiante y hermosa joven, no maltratada aún por los avatares de la vida. Pero, impaciente y atolondrada, traiciona a Neville Holderness, el hombre que ama, y se casa con David Funess, quien durante su luna de miel se suicida. La reputación de Diana se ve mancillada y la sociedad de Londres la condena al ostracismo. En los años siguientes viaja a Biarritz, El Cairo, Monte Carlo, Londres, París, Niza y San Móritz -una mujer declassée. Un acicalado londinense hace notar que "hoy por hoy nadie la reconocería". No obstante, para la novia de Neville Holderness, Diana es "una mujer fascinante". Diana muere delirando en un oscuro hospital, mientras aprieta unas rosas contra su pecho. La trama no difiere de lo que fue a grandes rasgos la vida de Puig: de la misma manera como el sufrimiento transforma a Diana de una niña superficial en una mujer fascinante, hacerse novelista y atravesar los altibajos de una larga carrera convirtió a la joven loca que era Manuel en una persona de peso, un gran artista. Garbo podía quitarnos el aliento cuando reía y se mostraba alegre, pero era en sus grandes escenas de sufrimiento, como en La dama de las camelias por ejemplo, cuando su actuación devenía alquimia, práctica espiritual e incandescente. Como Garbo, Manuel supo retirarse justo a tiempo para que la leyenda se conviertiera en mito.Un día después fui a Oaxaca. Durante mi primera noche allí, comencé a leer El misterio del ramo de rosas. No sabía nada del argumento de esta obra escrita en 1986 y estrenada en Inglaterra en 1987. Debo confesar que me sorpendió (no mucho, dicho sea de paso) que se tratase de una obra acerca de una mujer enferma obsesionada con la muerte. La acción se lleva a cabo en una "clínica exclusiva" y el único otro personaje es una enfermera contratada para hacer que de alguna manera la paciente coma. Aquel texto no me impresionó tanto como Bajo manto de estrellas, por ejemplo, que me parece una pieza dramática más viva y fresca. No es que aquella otra comedia sea vacía, pero no hubo mucho que captara mi atención, a excepción de que, quizá, arojase algunas luces sobre la biografía de Puig. Pero, en última instancia, la obra tiene poco que decir, no tiene mucha fuerza y le falta convicción en los momentos en que pasa de lo real a lo fantástico o mágico. Se salva de ser un fracaso total por los momentos de humor astuto y exquisito que se desliza de cuando en cuando. Es sólo en las escenas finales cuando la pieza toma un giro imprevisto de mucha inspiración de brilla el embrujo de Puig. También se hace bella y conmovedora. Pero, para mí, los últimos diálogos adquirieron un significado que era imposible ignorar. Estos son los parlamentos finalesde la paciente: ..."Esta noche tienes que decidir tu destino (con humor). Servir a la ciencia o al amor. Habrá de ser el alboroto de la guardia del hospital o la espera en un jardín, languideciendo, atardecer tras atardecer... (Pausa) Mareándote con el olor de los jazmines".Leyendo estas palabras, casi podía sentir los cuatrocientos ramos de gardenias que Manuel había plantado en su casa de Cuernavaca, frente a la sala. Y recordé las palabras de don Adán: "Es curioso cómo a veces predecimos nuestra propia muerte". Entonces pensé que, en los últimos ocho meses de su vida, Manuel no había escrito una sola línea porque había estado muy ocupado construyendo su primer y último hogar en este mundo.




Este artículo forma parte de:

"Manuel Puig: Una aproximación biográfica."
Una biografía multimedia en formato CD-ROM.
Investigación, entrevistas y compilación a cargo de Gerd Tepass.
Buenos Aires, junio de 2008.
ISBN 978-987-05-4332-9

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