
Un año después. Hace un año: Manuel Puig. Él, que no quería morir. Últimos días de un expatriado.
(POR TOMÁS ELOY MARTÍNEZ)
Publicado en: Primer Plano, 29 de julio de 1991. BuenosAires: Argentina.
Como casi todas las noches desde que volvió a Buenos Aires, María Elena Delle Donne de Puig dejó fluir en el televisor las imágenes de una de las películas favoritas de su hijo Manuel. Qué triste está la ciudad afuera, oyó que decía él desde algún lugar de la casa. Se asomó a la ventana. Hacia el Norte, en la plazoleta de Villa Freud, los últimos pacientes de los psicoanalistas se desbandaban hacia el centro. Recordó cuando una de las confiterías, a la vuelta, puso de moda las tortas Erich Fromm y las medialunas Melanie Klein. Y el asombro inocente de Manuel al probarlas con el té. ¿No te dije que eran un engaño, mamá? Son medialunas de grasa como cualquiera. Tenía razón Manuel al no querer volver.¡Buenos Aires se había puesta tan triste! La primera vez que salió a la calle, María Elena -”a mí todos me llaman Male”- creyó que había llegado a una ciudad equivocada. Las casas viniéndose abajo, los pobres escarbando en las bolsas de basura y la gente hablando sólo de dinero. Diez años de ausencia y casi no la podía reconocer. Tan diferente de los fragores de Río de Janeiro y tan lejos de las montañas azules de Cuernavaca. Por suerte Manuel seguía allí, a su lado. Aunque hubiera muerto hace un año, Male había conseguido no separarse de él.Le dijeron que lo encerrara en la oscuridad de una bóveda, que lo dejase abandonado en los cementerios, pero ella se mantuvo firme, por suerte. ¿Cómo quieren que le haga eso, pobrecito? Si les hubiera hecho caso, Manuel nunca se lo habría perdonado. Arreglate un poco, mamá, lo oyó decir. En cualquier momento van a llegar visitas y quiero que te vean linda. Quedate tranquilo Manuel. He vuelto a cepillarme el pelo, me he repasado el rouge, ¿qué más querés? Ya les he dicho que tengo el departamento impresentable. Se ha reventado un caño y tuve que hacer levantar los pisos. La humedad entró en un placard donde está todo lo último que me compraste y mi pieza quedó un poco desordenada, pero no te preocupés por eso, las visitas no van a entrar ahí. Ya no te preocués por nada, Manuel. Bastante trabajo tenés ya con haberte muerto.Manuel la escuchaba en silencio desde el cáliz de metal bruñido donde Male, guarda sus cenizas. En el televisor, la perversa Rita Hayworth pulsa la guitarra y canta “Verde luna” en su mansión andaluza de Sangre y arena; Linda Darnell implora de rodillas que el toro sea piadoso con Tyrone Power en la corrida del domingo, y al filo de la tarde se siente caer el peso de una maldición invencible sobre los personajes. Las luces del televisor se reflejan en el cenotafio donde yace Manuel, vigilado por Male “hasta la eternidad”. Tyrone Power le sonríe de soslayo, como si él siguiese a mi lado viendo las películas, ¿no te parece?, como si la muerte ya no pudiera cambiar nada.Algo malo está pasandoHacía meses que la enfermedad rondaba a Manuel Puig sin poder alcanzarlo. El miércoles 18 de julio de 1990, cuando por fin se le clavó en el vientre, Manuel estaba sentado en su estudio de Cuernavaca, escribiendo en la Lettera 22 que lo acompañaba desde El beso de la mujer araña. Eran las diez de la mañana. Llevaba más de veinte minutos lidiando con la segunda escena de Madrid 37, el guión que la directora española marina Cañonero le había pedido “para ayer si puedes, Manolito, que tengo la producción armada y sólo faltas tú para que comencemos”.Había pasado una noche horrible y no se ocurría nada. Era extraño sentir cómo de pronto la imaginación le rodaba por los suelos sin que pudiera retenerla. Todo lo abandonaba: el entusiasmo de la juventud, las voces que acudían a él en el silencio de las mañanas y que se desplegaban a solas en el papel, como dictadas por algún poder secreto. ¿Sabés que estoy empezando a dudar de mí, mamá? -le dijo a Male-. Ya no recuerdo cuál fue la última vez que sentí fuerza para crear y amar, ni siquiera recuerdo la mal sangre de mis últimos meses en Buenos Aires.Eso era lo terrible de aquella enfermedad desconocida:que le quitaba todo, hasta el pasado. Dos o tres días antes, las primera imágenes de Madrid 37 le habían brotado con facilidad. Congregó a todos sus personajes en una tasca del rastro mientras la radio difundía la noticia del bombardeo a Guernica. Echó a andar la indignación de la gente: copió el habla de las costureras y de los tenderos, representó sus miedos y sus presentimientos. Pero ahora, cuando debía ver la historia desde el frente nacionalista, las frases le salían torcidas. ¿Qué diálogos verosímiles se podían poner en boca de Francisco Franco y de sus generales? Para mí es un misterio cómo piensa esta gente. Ay, quién me mandó a meterme. A mí que no me saquen de las intrigas íntimas, mamá. A mí que no me saquen de los pequeños sentimientos.Escribió:”El general más bien bajo con el birrete puesto de costado (se lo nota que es calvo) estudia la situación ante la mesa de arena. Banderitas azules para sus tropas y rojas para los enemigos...”. En ese punto regresó el dolor, con más intensidad que durante la noche. Palideció y dejó caer la cabeza sobre la máquina. Al rato, Male volvió de la pileta y lo encontró así, apretándose el vientre con las manos, hundidas las ojeras, apagado como una raya en el horizonte. ¿Te ha pasado algo, Manuel? ¿Querés un té? Descansá un poco, hijo. Andá al espejo y mirá lo demacrado que has puesto. Él me miró con unos ojos tan desamparados que sentí frío en el alma ¿sabés?, me di cuenta en el fondo del corazón de que algo malo estaba pasando. Con un hilo de voz él me pidió que lo llevara al médico. A ver, le dije, ¿qué te duele? Aquí al costado, me contestó: es como si me cayeran gotas de plomo derretido. Llevaban sólo dos meses en aquella casa de Cuernavaca donde Manuel pensaba quedarse para siempre. La habían elegido juntos en noviembre del ´89, cuando decidieron que Río de Janeiro no era ya el de antes, y que en México, donde tenían tantos amigos, podrían volver a ser felices. Compraron tres hectáreas en lo alto de una colina, con un bosquecito que Manuel sembró de gardenias y azaleas, y una pileta de agua tibia donde Male y él nadaban juntos desde las ocho y media hasta las nueve de la mañana. A esa hora, Manuel se encerraba en el estudio, a la vera de la modesta Lettera que de un momento a otro iba a cambiar por una computadora IBM, entre los pocos libros que amaba y la videoteca con cuatro mil películas. Solía escribir hasta las tres o cuatro de la tarde, y luego, tomando a Male del brazo, caminaba por las callecitas transparente de Cuernavaca, bajo un cielo que estaba siempre azul. ¿Y la gente? Ay, no te imaginás cómo lo llamaban por teléfono -se entristece Male-: de Londres, de Finlandia, de Los Ángeles, todos pidiéndole comedias musicales y conferencias. Querían oírlo, tenerlo. ¡Si vieras cómo lo querían!El trabajo de los albañiles en la nueva casa les incomodó la vida, pero les sirvió de pretexto para respirar, por un tiempo, el aire de otros mundos. En marzo de ´90 pasaron por Madrid y Roma, y desde allí tomaron un avión rumbo a Tokio, para celebrar la salida de Boquitas, Pubis y La mujer araña en japonés. Volvieron a fines de abril colmados de regalos: abanicos, kimonos, libros de arte, jarroncitos labrados. Manuel entraba en los teatros de Kabuki, caminaba por el barrio de Ginza, llegaba a la Universidad, y todos lo saludaban como si fuera un príncipe.Pero Carlos Puig, el hermano que nació doce años después no encontró a Manuel “muy bien que digamos” cuando lo visitó en Cuernavaca a mediados de mayo. Don Baldomero, el padre, había muerto un mes antes en Buenos Aires, y las imágenes de la ciudad cada vez más lejana seguían pesando sobre el escritor como una enfermedad sin remedio. Las apartaba con furia de su imaginación. Los personajes de los relatos que publicó después de Pubis se expresan como argentinos, pero pertenecían a otros sitios: a los suburbios de Río, a las colinas rojas de Cumaná, a las ciudades satélites de México, pero no a la maldita patria que lo había traicionado. “De Buenos Aires no me hablen más”, decía. “Nunca volveré a verla”. Qué cruel tatuaje le había quedado en la memoria es algo que ya no se sabrá, y que tal vez Manuel jamás hubiera mostrado. ¿Odiaría la ciudad porque, pocos meses después de que Héctor Cámpora renuciara a la presidencia de la República, en 1973, recibió amenazas telefónicas de la Triple A por algunas frases antiperonistas de su novela The Buenos Aires Affair? ¿O porque, como él mismo diría en los años 80, los críticos empezaron a hostigarlo, y se le cerraron de golpe las puertas de medios como la revista Gente y el Canal 7, que eran -como el diría- “básicos para la difusión de mis libros”? A Rosa Montero dijo, en Madrid: “Los críticos han usado siempre mi novela anterior para destrozar la que yo acababa de publicar. Fueron muy hostiles conmigo. Si no fuera por los aplausos que me llegaban del extranjero, quién sabe si hubiera tenido ánimos para seguir escribiendo”.Carlos Puig cree que no fueron esas las únicas razones sino también el aire represor que enrarecía la ciudad, el prejuicio argentino contra los diferentes. Afuera, en otras partes, la libertad fluía con tanto espontaneidad que no valía la pena seguir aquí, penando. A la segunda vez que lo amenazaron de muerte, Manuel pegó un portazo y se marchó para siempre. Aquel último mayo, entonces, él ya no estaba “muy bien que digamos”. Tenía trastornos digestivos, que Male y Carlos atribuyeron a “problemas nerviosos”. Se levantaba pálido, demacrado, y aunque seguía esforzándose por aparentar buen humor, no era el de antes.Peregrino de ciudadesLa enorme casa de Cuernavaca incluía una residencia para huéspedes, al otro lado del parque, que los viernes por la noche solía llenarse con los amigos de Manuel. Venían en bandadas desde México, tras descender mil metros por la sinuosa carrera del sur, y allí se quedaban hasta el amanecer del lunes, inventando comedias musicales, atragantándose de videos e imitando a las sopranos de opera. Con el director Miguel Sabido solían encerrarse a trabajar en una obra de teatro, El misterio de un ramo de rosas, pero al cabo de un par de horas los otros amigos se impacientaban y los arrastraban a la pileta, copiando las coreografía de Busby Berkeley en Ziegfeld Girl o repitiendo una y otra vez, hasta la extenuación, el número de Rita Hayworth en Gilda mientras los parlantes repetían, a todo volumen, la desesperada invitación sexual de Rita, “Put, the Blame on Mame”. Uno de los jóvenes, Javier Labrada, dirigía la filmoteca del Canal 13 en México, y cada viernes por la noche se dejaba caer por Cuernavaca con un clásico del cine que Manuel ambicionaba para su colección: versiones restauradas de Siete pecadores (Tay Garnett, 1940, con Marlene Dietrich y John Wayne) o copias nuevas de Esa noche en Río (1941, con Don Ameche y Carmen Miranda). “Son todos unos divinos -suspira Male-, Javier, Sabido, y otro de los fieles, Agustín Rodríguez. No se apartaron de mí cuando murió Manuel y todavía siguen llamándome los domingos desde México para preguntar cómo estoy. A veces ni siquiera puedo atenderlos. Les oigo la voz y lloro”. Manuel no había sufrido crisis de dolores ni nuevos insomnios desde mayo: sólo un tenaz cansancio al levantarse, mal humor y desgano. Antes, en el ´73, cuando acababa de llegar a México, el aire cruel que respiraba, a casi 2300 metros de altura, le sublevaba el corazón. También entonces debía escribir por la mañana, violentando sus hábitos, porque al caer la tarde sentía desvanecido el cuerpo y yerta le inteligencia. En Nueva York, donde se refugió desde 1975, el corazón se le aplacó pero no el ánimo. Aunque vivía en un departamento del Greenwich o Village al que no le llegaba los estrépitos de la calle y aunque podía avanzar en sus novelas sin otro estorbo que el de la soledad, sentía que la tan pregonada libertad individual de los americanos era una ficción absoluta: cuando quería conversar con un desconocido te miraban mal; dar un abrazo por simple ímpetu de los sentimientos les resultaba a todos incomprensible; fumar era una agresión social. En Nueva York se permitía todo, menos la expresión de los afectos. Huyó de nuevo: a Caracas, a Cumaná, y por fin a Río de Janeiro. Y entonces, sí, encontró la plenitud. Compró un departamento para sí y otro para Male a unas pocas cuadras de la playa en Ipanema. Se levantaba al amanecer y salía de compras, deteniéndose a conversar con el panadero, la verdulera, los caminantes. La psicoanalista Susana Pravaz, que fue una de las amigas íntimas de aquellos años, ha contado que Manuel vivía seducido en Río por esa mezcla de amabilidad y cortesía que impregna la conducta brasileña. “entraba en una fiesta y su presencia lo cubría todo: _l era al mismo tiempo la dignidad y la música, la compasión y la alegría”, evoca. “Cierta vez, la tarde en que me enseñó a bailar la cumbia, bajó por las escaleras de la casa contoneándose con una gracia que nunca he visto en nadie más. Tenía un talento único para imitar lo que se le antojara”.Pero también Río se le fue agotando. Había un momento en que las ciudades agonizaban dentro de él, como los seres vivos, y entonces debía alejarse para no verlas morir. Quería evitar el atroz estallido de las ciudades en el corazón, como el de un cristal que cae. Y sobre todo a Río no quería verla así, yaciendo; en ninguna otra parte había conocido una felicidad tan honda. Esa tristeza que ahora velaba la mirada de la gente, esa orfandad que iba cayendo sobre las favelas como una plaga, ¿de dónde habría venido? ¿Collor de Mello, acaso? Collor de Mello estaba convirtiendo a Río en la Buenos Aires de los años 70: la ciudad opresora y reprimida donde a nadie se le permitía expresar el propio ser sin miedo. Punto final, entonces: volver a Cuernavaca le parecía, de pronto como un segundo encuentro con el paraíso.Cuando huye el díaQué poco había durado, qué desleal con él era su cuerpo. Llevaba sólo mes y medio disfrutando a pleno de la casa, y de golpe le caía este dolor encima, estas crueles tenazas que le retorcían el vientre. Fue entonces cuando pidió lo que jamás había pedido antes: “Mamá llevame al médico”, porque le daban terror los hospitales y sentía náuseas cuando recordaba el tufo de los desinfectantes. Le diagnosticaron un cuadro gastrointestinal agudo: la vesícula estaba hinchada, no daba más, y debían operarlo de inmediato. Miguel Sabido, que viajó desde México al mediodía, no bien Male lo llamó por teléfono, quiso llevárselo a la capital cuanto antes. Conocía clínicas de primera, médicos en los que tenía plena confianza.Pero Manuel se opuso: “Ay, Dios mío, ¿por qué se afanan tanto? Una operación de vesícula es lo más simple que hay. Aquí estoy a unos pasos de mi casa, mamá puede venir a cada rato, y además, México... No me gusta. Cada vez que voy a México me falla la respiración”. Hacia las tres de la tarde lo llevaron al quirófano. Salió a las siete y media: se le habían afilado los rasgos, la piel estaba tensa en los pómulos y la frente, como si las ráfagas de la muerte lo hubiesen marcado ya y no le permitieran despertarse. Tardó más de dos días en salir del coma, pero el Manuel que balbuceó unas pocas palabras al oído de Male no se parecía al de antes. Eran sílabas más bien, torpezas sin sentido. El eterno brillo de los ojos se había evaporado, los labios estaban tiesos y resecos, su voz brotaba como en otra parte, sin las cadencias y la ternura que habían seducido a tanta gente. Nadie supo jamás qué había ocurrido en el quirófano: los médicos no dieron explicaciones. Insinuaron que algo pasaba con el corazón; que al extirparle la vesícula hubo un momento en que Manuel se les iba, y tanto Male como Carlos -el hermano- sienten que les dijeron la verdad: ¿para qué buscar culpables después de que ya pasaron las fatalidades? Manuel murió el domingo, cuando amanecía. Se fue apagando en silencio, sin molestar a nadie. No lo vieron marcharse las enfermeras ni el médico. El timbre junto a la cama estuvo mudo toda la noche y hasta la fiebre de los días últimos se le había evaporado. Acababa de cumplir 58 años pero nadie se los hubiera dado: cuanto mucho 50, exagerando. Llevaron el cuerpo a pocas cuadras de allí, donde los arcángeles de la funeraria lo prepararon para el largo velatorio que lo aguardaba. Male caminaba en trance por la casa, buscando al hijo en las habitaciones vacías. Le oía decir: ponete un vestido negro pero liviano. Es julio y no hay viento afuera. Esta noche hará calor. Y un toquecito de rouge. Nada de rimmel, para que nadie se dé cuenta de que has llorado. Yo ya estoy bien aquí, mamá. Ahora vos sos lo único que me pone nervioso. Hacia las tres de la tarde, el ataúd de Manuel estaba en el salón principal de la funeraria Galloso, vestido con traje y corbata. A los pies, Javier Labrada había distribuido las primeras ediciones de todas sus novelas. Allí yacían otravez Juan Carlos Etchepare, el de Boquitas; y Nené, que lo amaba tanto; Gladys asistía de nuevo a las clases de Historia del Arte que daban en The Buenos Aires Affair; Josemar bailaba la última canción de Roberto Carlos en Sangre de amor correspondido, y Pozzi volvía al Colón de Pubis angelical para oír otra ópera de Bellini. Los libros asomaban la cabeza entre las buganvillas y gardenias que Manuel había regado la misma mañana en que lo internaron, y su cara lucía como las flores, fresca y viva, despreocupada de la muerte. Las radios y las televisoras de México rendían homenajes incesantes al escritor perdido: reproducían fragmentos de entrevistas, ráfagas de las películas que había escrito para Héctor Babenco y Artura Ripstein, melodías de Johnnie Ray y hasta de Xavier Cugat; pero allí, en la funeraria, Male afrontaba sola el peso de aquella muerte, o al menos así -sola- fue como la vieron Noé Jitrik y Tununa Mercado, cuando llegaron a Cuernavaca aquel mismo domingo por la tarde. “Los únicos que la acompañaban en aquel desierto eran Labrada y Agustín, hasta que llegamos nosotros”, cuenta Jitrik. “Fue la peor ironía de esa muerte”, observa Tununa: “mientras en México todos hablaban de Manuel, a setenta kilómetros su cuerpo estaba solo”. Tres días más tarde hubo sí, funerales solemnes en la capital: largos rosarios de flores y de discursos. Hasta que los estrépitos se apagaron, y Carlos tuvo que decidir qué haría con el cuerpo de su hermano. ¿Enterrarlo allí, en el bosquecito de Cuernavaca? Había que pensar entonces en cómo cuidar de Male. Porque para ella las cosas estaban claras: ningún poder humano la separaría de Manuel. En algún momento pensaron llevarlo a la bóveda familiar, en La Plata, pero ¿qué sería de él entre aquellos muertos con los que no tenía conversación posible? En un relámpago de comprensión, “supe entonces, dirá Carlos, “que la única patria de Manuel era mamá y que sería feliz en el otro mundo mientras no lo alejáramos de ella”.El útlimo día de julio llevó el cuerpo al crematorio desde donde se domina México, en las altas colinas de la ciudad altísima, y convirtió a su hermano en la fina y dulce neblina gris con la que Male suele conversar todas las tardes en su casa de la calle Charcas, Buenos Aires. Juntos, la madre y el hijo ven Siete pecadores y Escuela de sirenas, mientras el aire huele a gardenias y la radio de un vecina, desgrana, a veces, “Rubias de New York” en la voz de Carlos Gardel.
Este artículo forma parte de:
"Manuel Puig: Una aproximación biográfica."
Una biografía multimedia en formato CD-ROM.
Investigación, entrevistas y compilación a cargo de Gerd Tepass.
Buenos Aires, junio de 2008.
ISBN 978-987-05-4332-9

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