
MANUEL PUIG: RENACE EL FOLLETÍN
Una nota de Bortnik, Aída en colaboración con Manuel Puig. Publicado en la revista Señoras y señores, N° 3. Octubre de 1969. Buenos Aires Argentina.
Con modestia, Manuel Puig imagina que Boquitas pintadas -un best seller arrasador, que se ha convertido en el boom literario del año- es, simplemente un folletín. En alguna medida lo es, pero sin intentar una parodia del género, sino, más bien, utilizando sus elementos tradicionales -los sentimientos más primitivos, el suspenso, la caracterización sumaria de los personajes- para consumar la más formidable vivisección que se haya practicado sobre la clase media argentina. Es, de alguna manera, la continuación (en otra clave, con otras criaturas) de La traición de Rita Hayworth, en idéntico escenario Coronel Vallejos, es decir, General Villegas, la población bonaerense donde Puig nació, el 28 de diciembre de 1932. Esa humildad fundamental, tan solitaria en un medio donde por lo general no se la practica o se la remeda hipócritamente, es el resorte que, por fin, tras alternativas que alimentaron muchas páginas el año pasado y éste, ha establecido definitivamente a Puig como el gran escritor argentino de su generación. Ahora le sobreviene la fama internacional traducciones al francés (La traición, editada por Gallimard, ha conmovido a Europa), italiano, inglés,alemán; y la posibilidad de ser editado en catorce países del área socialista, un trámite que, como todos los relacionados con sus libros, Puig conduce en persona, con su aire de perenne inocencia y de estar en otra parte. Entretanto, prepara su tercer relato, se derrama sobre todas las publicaciones argentinas y cuenta su vida a Señoras y Señores, una investigación que parte de una declaración suya sus musas inspiradoras han sido Libertad Lamarque y Niní Marshall, su habitat es el cine argentino de los años cuarenta, sus ídolos son las vedettes que Hollywood y el music-hall imponían por ese entonces. Qué el universo geográfico guarda, tras opacidades de costumbres y obviedad, existencia de orden secreto, escandaloso, ya lo sospechan los esbirros de Cortés, deificados por el simple milagro de una mirada nueva, sin connotaciones. Caballos y armaduras bastaron a un puñado de españoles para deslumbrar a indígenas que, no encontrando categoría donde ubicarlos, los remitieron al cielo, de donde, ya se sabe, llega todo lo inexplicable. El mismo milagro, en literatura, se repite con sólo nombrar los seres que no se suponen hechos para estar allí. Entre las pinzas del verbo, las empleadas de una tienda, los donjuanes de un barrio, los días de un pueblo, prolijamente recortados por sus hordes, se hinchan, desbordan, estallan, sin revelar otra cosa que su misma esencia, otra sangre que la de sus palabras. Pero eso basta, para dar trabajo a los cartógrafos rehacer los mapas de la novela, incluir ríos, montañas, bosques y ciénagas, que Manuel Puig rescata y bautiza, con la mirada sin culpa de los verdaderos demonios. Como la de sus personajes, la alquimia que alumbró a Manuel desdeña la genealogía y entreteje su red incluyendo, en una misma categoría, padres y personajes de cine radioteatros y casas, Hollywood y la pampa.
Nace una pasión(5 años)
Habitantes de la luz y la belleza, rubias, apasionadas,dispuestas a sufrir noblemente, las uñas escarlata hundiéndose en el brazo del sillón, después la pollera que vuela sobre las pantorrillas, huyendo del villano, desaparecen de la pantalla plateada. Pero volverán sin duda, hasta que The End se sobreimprima a una imagen para siempre feliz o desdichada. Afuera, el viento de la noche arroja tierra de pampa sobre los precarios límites de asfalto. Aretado a Male (María Elena Delladonne), para esquivar juntos el frío, caminan las pocas cuadras hasta la casa. Y no hay suerte, ningún conocido. Tampoco hoy se podrá oír el argumento contado por mamá, esperar el momento oportuno para rescatar un gesto, una imagen que no debe perderse, de esa historia que se puede volver a vivir cada vez que se la recuerda. Manuel Puig no tiene más de cinco años, es un "chico lindo", según él ojos inmensos, pelo negro peinado cuidosamente con raya al costado, camisa blanca y pantalón corto, azul. Los manos contra el cuerpo, la boca que no alcanza a sonreír, la expresión indecisa, para un pose que permanecerá, como en el cine, en una foto que denuncia el estudio previo y una escuela que no recuerda, cree haber perdido. Se enternece un poco, viéndose tan chico, tan desprotegido. Sin embargo, al tratar de ubicar al Coco de aquella época, la memoria de Manuel retrocede dos años aún, y allí ubica el principo. El Cine Teatro Español estaba en el centro y era el único del pueblo. Male, su madre, había ido, hasta que él nació, muy seguido. Después, no tenía con quién dejarlo y el cine representaba su única diversión. Manuel acaba de cumplir tres años la primera vez que su madre intentó llevarlo. Pero la oscuridad lo aterraba y no había forma de que dejara de llorar. Entonces, su padre decidió solucionar el problema racionalmente; y lo llevó a la cabina. Desde allí vio la primera película completa que recuerda La novia de Frankenstein, con Elsa Lanchester. En ese momento encontró el sol alrededor del cual giraría su mundo entero. Lunes, miércoles, jueves, sábados y domingos, a las 6 de la tarde, entraba de la mano de mamá, compraban chocolatines y caminaban hasta la fila 15, punta de banco,a la izquierda. Durante 10 años "nadie osó nunca ocuparnos el lugar". Cuatro veces a la semana cine norteamericano, ocasionalmente algún film italiano o francés, los domingos películas nacionales. Aunque Coco las detestaba, "excepto cuando trabajaba Mecha Ortiz,porque no parecía argentina, tenía un aire, un acento, una soberbia europea". El resto del día, en la casa, es casi nebuloso en el recuerdo. Su primo Jorge (el Héctor de La traición), 6 años mayor, era Tarzán y Superman. "lo veía trepar los árboles y descolgarse, como un mono, jugar a las bolitas ganando siempre, correr más, embocar mejor, entender antes." Era un chico supernormal lleno de músculos, de avidez, de suficiencia. Una imagen apabullante. Manuel nunca se atrevió con los árboles ni las bolitas; bajo aquella mirada feroz, no tenía alternativas en un mundo de competencias físicas, concretas, agresivas. La casa se parecía a aquella en la que había nacido, cruzando la misma calle, o a la otra en que vivió, en la misma cuadra, hasta los 2 años y medio. Delante el fraccionamiento de vinos, que atendía su padre, Baldomero, y un número no preciso de empleados. Al costado, una puerta independiente hacia el gran vestíbulo. A un lado, la pared de vidrios que da al patio lateral; al otro, alineadas, las piezas un poco oscuras; al fondo, la cocina. En The Big Heat" (Los sobornados), de Fritz Lang, Gloria Grahame entra a un cuatro de hotel y recorre el mobiliario con una mirada, se vuelve a su acompañante y lo describe early rothing. Eso podría definir el estilo de mi cuatro." El empapelado de guardas oscuras, absolutamente Liberty,"que en aquella época me parecía horrorosa", las dos camas un poco altas -12 años después llegó un hermano, Carlos-, el velador con pantalla de pergamino decorada con flores que había pintado namá, una lámpara que colgaba del techo, muy arriba. De todos modos, casi nunca estaba allí, como no fueran para dormir, o para disfrazarse y ensayar algún papel.Los días de sol podía acompañaba Kika hasta su casa. La familia, los amigos de Kika, su mundo entero, vivía en calles de tierra, cerca de las veía, en una geografía acosada por la pampa. Coco corría a su lado, fascinado.Todos eran buenos con ese chico hermoso, bien educado,bien vestido, que preguntaba el nombre de todo y las relaciones entre las cosas, entre la gente, como tratando de entender el argumento de esas vidas."Es extraño, en casa nunca se oía llamar a Kika por otro nombre que el suyo, comíamos todos juntos, no había nada que me indicara una distancia. Sin embargo, yo sentía que había algo injusto en que no pudiera ir con nosotros al cine. Pero a la tarde, Kika tenía que trabajar en la cocina. Todos tenían que trabajar. También papá y sus empleados. Esa marginación no dolió hasta que crecí lo suficiente como para transformarla en una culpa. Ahora nunca puedo ir al cine de tarde. Me persigue la idea de un privilegio o una evasión, el sentimiento de que escamoteo el tiempo a la realidad."
La guerra en Villegas(10 años)
Tiene la boca apretada, el misal y el rosario entre las manos, los ojos muy tiernos. Está orgulloso de su saco blanco. "Pero ya no era tan lindo", dice Manuel, mirando la foto de su primera comunión.Entonces los días tenían un horario rígido, inflexible, el único que le permitía llegar a tiempo a la vermouth del Español. A las 8 de la mañana, delantal y moño impecables,ya estaba en el colegio. "Quedaba a una cuadra de casa, iba y volvía solo. Siempre tuve miedo de dejar de serlo." Ese era el motivo de que sus compañeros, en general, lo quisieran poco. Pero era también la barrera que les impedía atacarlo demasiado. Además, todo lo que se refería a la escuela le encantaba escribir, estudiar, hacer deberes, buscar información, aprender, tener dependencias y obligaciones que resolvía con facilidad, lo hacía sentirse seguro, protegido, real.A las 12 salía corriendo hacia la casa. Se quedaba en la cocina, charlando con Kika o con Male, hasta el almuerzo. A las 2 de la tarde, en punto, entraba a la casa vecina. Allí estudiaba piano hasta las 3. Media hora después, cuatro cuadras más allá, lo recibía la profesora de inglés. Cerca de las 5, en la cocina, se abalanzaba sobre la merienda y los deberes. A las 6 menos cuarto salían para el cine.Volvían a las 8, cuando Kika ya tenía la comida lista y la mesa tendida. Cenaban comentando el film, y antes de las 10 de la noche Coco se iba a dormir. "Entre 1940, en que aprendí a leer, y 1945 compilé avisos y notas sobre films a estrenarse, fotos de los protagonistas, comentarios y críticas." Revisaba el botín, para enriquecerlo o entretenerse, con tanta frecuencia que conocía de memoria el orden riguroso de su colección.De noche, mientras imaginaba argumentos para su futuro cinematográfico, oía, a través de la pared, la voz de Male leyendo el diario en voz alta para su marido. Así, pueblos sitiados, bombardeados, ocupados, imprimían su nombre en medio de los ensueños de Coco. La guerra, esa cosa que ocurría en un mundo que no era el del cine, ni el de la realidad, tenía nombres exóticos y ningún peso para Manuel. "Por otra parte, nunca entonces hubiera podido vivirlo con otro enfoque que el de Villegas. Allí, los ingleses eran terratenientes, desconsiderados con sus trabajadores, antipáticos con los latinos. El pueblo los detestaba y, al principio, tendía a simpatizar con el eje, sin demasiado entusiasmo, como simple reacción contra lo malo conocido." Sin embargo, la fuerza, la prepotencia, la superioridad física o numérica como todo argumento, ya había comenzado a perseguir los sueños de Coco. "En el colegio primario descubrí los primeros brotes de una violencia que nunca entendí ni dejé de odiar. Esa sistemática humillación de todo lo que fuera débil o sensible, que unía en una sola horda a grupos, grados, colegios enteros, contra los gordos o raquíticos, los petisos o delicados, me aterró siempre. De alguna manera, esa imagen se identificó para mí con la de una generación entera, a la que nunca pude perdonar su incapacidad para comprender lo que no se le parece."
La metrópoli dorada(15 años)
Están sentados en el pasto, con libros en la mano. Nina es rubia, tiene ojos claros y un aire mundano. Manuel está muy flaco y la ropa parece quedarle grande. "La sacamos en el parque del Ward, en Ramos Mejía. Yo era alumno pupilo, ella no. Compartíamos los recreos,intercambiábamos libros. Me tenía fascinado."Dos años antes, Coco había llegado de Villegas para estudiar en Buenos Aires "el colegio me deslumbró, tenía todo el barniz Hollywood, pero pronto descubrí que en esaarquitectura vivían los mismos salvajes que en Villegas." Cargado de imaginación y alegría, Manuel llegó a la cuidad que soñaba colmada de salones "a lo Rosalind Russell",para encontrarse en pleno juego de la verdad. "Todo aquello en lo que yo creía, todo lo que me gustaba y meimportaba, carecía de prestigio en aquellos años. La moda era leer y no ir al cine, agredir y no escuchar, ser ingenioso y no imaginativo."Entonces, por las tardes, después del colegio, leía."Descubrí la colección de Premios Nobel. Y era una constelación de primeras figuras, como en el cine. Me abalancé sobre ellos. Por lo menos un título de cada premiado, suponía yo, me daría el barniz de información literaria que la época exigía. También devoré a Hermann Hesse, Kafka, Wassermann." Horacio, un compañero del secundario en cuya casa vivió como pensionista, hasta que su familia se trasladó a Buenos Aires, lo introdujo en lo que Manuel llamaba "el círculo psicoanalítico". Pero, al mismo tiempo, descubrió a Rosa de Kalada. "Era la madre de una condiscípula. En cuanto entré a su casa, me sentí como si, por fin, hubiera accedido al mundo de Norma Shearer. Rosa era un personaje increíble. En una época que lo cuestionaba todo, ella desconocía la crueldad, derramaba belleza y ternura con una gracia muy centroeuropea. Demostraba, con sólo existir, que el desprestigio de mis sueños era falso. Ella, como las heroínas de la Metro que siempre me habían fascinado, me devolvió la fe en Hollywood." Sin embargo, el espejo reflejaba la imagen de un "Adolescente con el tórax poco desarollado. Había perdido la gracia de la niñez, no creía llegar a ser nunca un buen mozo, como mi padre. La impiedad de Buenos Aires me agobiaba. Cuando dejé el Ward por el Nacional Pueyrredón, descubrí que el ambiente menos selecto era también menos agresivo. A pesar de eso, decidí hacer libre el 5° año. Los colegios no eran sitios para mí."Pero los idiomas, "que estudiaba con fruición, porque inglés, francés, italiano, alemán, eran las lenguas del cine", no bastaban. Alguien muy mal informado le sugirió estudiar ingeniería, "para hacer después, en Estados Unidos, una especialización en sonido cinematográfico. Muy pronto descubrí lo disparatado del plan y elegí Arquitectura. No soporté más de 6 meses. Después entré a Filosofía, la clave más brillante para disfrazar de respetabilidad mi verdadera pasión el cine. Allí, además,podía completar el barniz, aprender cuántos libros había escrito Hegel, por ejemplo. Pero me atasqué en latín, nunca pude pasar un solo examen. Entonces seguí todos los cursos, devoré todos los apuntes y bibliografías,sistemáticamente examinarme. Cuando terminé esa especie de carrera solitaria y paralela, sentía que había cumplido."Para entonces, ya había comenzado sus primeros trabajos dentro de los estudios cinematográficos. Una nota en Radiolandia, sobre el próximo rodaje de Deshonra, lo impulsó a una entrevista con Daniel Tinayre, a quien respetaba por La vendedora de fantasías, "comedia que me parecía muy lograda. Le pedí que me dejara asistir a la filmación, y se negó. Entonces, hice algo insólito fui a ver a la protagonista, Fanny Navarro. Aunque para mí, por peronista, en esa época ella representaba a un régimen que sentía enemigo, porque había prohibido la entrada de films norteamericanos. Fue encantadora y me consiguió el permiso. Al poco tiempo entraba a trabajar en Laboratorios Alex".
Viaje al neorrealismo(23 años)
Las piedras y el cielo detrás, como toda referencia, frente al sol, con sonrisa cuidada, Manuel Puig tiene una cara de galán. Un saco claro, inmenso, pantalones blancos, anchos, de cintura muy alta, una mano en el bolsillo, todo el aire de sentirse muy elegante. La foto reproduce una pose exacta de Tyrone Power en Africa, en 1939.Manuel copió el modelo para un equipo deportivo que estreno en Mar del Plata, en 1953. "Plena época del petiterismo. Los muchachos usaban pantalones bombilla y sacos redondos, cortos, ajustados. Me pregunto qué diría la gente al verme, cómo hacía yo para vivir tan fuera del tiempo y la realidad." Tenía 23 años cuando terminó los cursos en la Dante Alighieri y ganó una beca. "Con el viaje y los costos de matrícula pagos, y un poco de ahorros, me fui a Roma."Llegó a la Escuela del Centro Experimental de Cinecitta, en plena decadencia del neorrealismo, cuando los ideólogos del movimiento adoptaban las posiciones más irreductibles, cuando el ambiente estaba más crispado."Hollywood era una mala palabra, la imaginación el enemigo número uno del cine, las obras de autor una blasfemia." Estaba cada día más triste y más solo. Para ahorrar y poder ir al cine, o viajar en las vacaciones, Manuel no comía más que sandwichs; sus compañeros se lo reprochaban. Una tarde, en la clase de historia, vieron Metrópolis, de Fritz Lang. "El expresionismo, que todos odiaban, me deslumbró."Llegaron las vacaciones y París. "Comenzaba el tiempo de Cahiers du Cinéma, la revalorización del cine imaginativo, de la obra de autor. Yo llegaba casi ahogado de Roma, donde todo lo que me importaba carecía de prestigio, donde siempre parecía equivocado. Me quedé 5 meses,volví tarde a las clases, no podía arrancarme de París." En 1957, David O. Selznick producía un remake del Adiós a las armas, dirigida por Charles Vidor y con su mujer , Jennifer Jones, en el papel de la enfermera. Manuel fue designado para cumplir en esa filmación sus prácticas de efectos especiales. "La Jones sabía muy bien de dos cosas que los papeles histéricos eran los que mejor le sentaban, y que su marido era el productor. Cada vez que Vidor intentaba marcar una progresiva dulzura a su personaje, ella empezaba negándose a lo gatita, y abandonando todo de un portazo después de un rato. Selznick llevaba aparte a Vidor, el director pedía disculpas. Al día siguiente todo se repetía, hasta que la Jones volvía a impacientarse, chillaba no me siento bien, se encerraba en el camarín, y Vidor volvía a retroceder. Esa experiencia me dejó aterrado. ¿De donde iba yo a sacar fuerzas para competir en ese mundo?" Al año siguiente, Manuel se fue a Londres. De día daba clase de italiano y español, de noche lavaba platos en un restaurante en el que todos, del dueño a los parroquianos, eran actores desocupados. Allí escribió el primer guión (hasta entonces los dibujaba, huyendo de la palabra), en inglés Ball Cancelled, imaginado para Ingrid Bergman y Anthony Perkins. "Como los tres que lo siguieron, era un mero refrito de cuanta comedia sofisticada me había impresionado durante la niñez."Cuando volvió a Roma, su amigo Mario Fenelli -un argentino hacía años radicado en Italia- le dio el primer consejo útil escribir en su propio idioma.En 1960, en Buenos Aires, elaboró La tajada, su primer guión en castellano. La historia de una actriz que, durante el peronismo, seduce a un diputado y se casa con él, para utilizarlo en una venganza. "Me faltaban datos para semejante historia, no conocía esa realidad. Por otra parte, cada indicación de cámara me entorpecía la sintaxis. Pero hasta yo mismo sentí que era lo mejor que había hecho hasta ese momento." Entretanto trabajó en dos coproducciones, como asistente de diálogos Casi al fin del mundo y Una americana en Buenos Aires.
La edad de la razón(30 años)
En mangas de camisa, con un libreto en la mano, rodeado de actores y técnicos, Manuel se parece a su padre y también a Tyrone Power. Pero la actitud es crispada, ansiosa. "cerca de los treinta años descubría algo que ya no podía seguir ocultándome. Yo no servía para el cine, no tenía temperamento para ese mundo. Había estado del otro lado de la pantalla y sabía, por fin, que hacer cine no era vivirlo, que la realidad de ese mundo era más agresiva, más competitiva, más feroz que aquella de la que siempre había huido, transformándome en espectador." Volvió a Roma con La tajada bajo el brazo. Fenelli confirmó sus sospechas de que debía volver a intentar, con un tema más autobiográfico. Manuel eligió a su primo Jorge y decidió narrar la historia de sus amoríos. "Para tomar distancia con respecto a cada personaje, comencé a escribir descripciones. al segundo día supe que eso no iba a ser un guión, sino una novela." Desde entonces no hizo sino sistematizar el nuevo camino.Viajó a Estados Unidos, donde una tarjeta de inmigrante le permitiría trabajar. Alquiló un departamento, se empleó en Air France, de 7 y media de la mañana hasta las 2 y media de la tarde. Después de una siesta, escribía hasta la noche. A las 11 se acostaba, a las 5 se levantaba y empezaba de nuevo. Durante tres años, hasta que terminó La traición de Rita Hayworth. Sin embargo, Manuel Puig no ha hecho sino encontrar la ruta que Coco, yendo todas las tardes al cine, en General Villegas, comenzó a construir. "Recién ahora sé que Hollywood no miente, que no me ha mentido nunca." Ahora, cuando junto a Ingrid Bergman y Marlene Dietrich puede colocar a Manuel Romero y Libertad Lamarque, cuando Judy Garland y Lepera, los films de Niní Marshall y Las Follies de Ziegfield, el abandono de los canciones de los '30, el éxtasis y la clave lánguida del art deco, son la materia viva de sus novelas, Manuel habita el universo de sus sueños. Porque lo ha desmontado y vuelto a unir según sus propias reglas de juego.
Aquí ahora(36 años)
"Cuando la gente que quiere ser mejor se le proponen modelos torpes y valores ilegítimos, el ridículo, la parodia, instalan su reino. Cuando el ideal es ser fino y el molde es la cursilería, se acaba doblando el dedo meñique para tomar la taza. Pero esto no me causa gracia. No escribí Boquitas como una parodia, sino como la historia de gentes de la pequeña burguesía que, como primera generación de argentinos, debía inventarse un estilo." Las radionovelas y el cine, las revistas de chismes y de cuentos femeninos, los titulares de los diarios, los animadores de bailes, los vendedores de tienda, los consultores sentimentales, las expertas en belleza, los políticos, las maestras, la literatura infantil inventaron los gestos, las palabras. responsables de una deformación repetida, solemnizada, santificada por la costumbre, la mayoría y la inseguridad; esas fuentes venenosas surtieron, sobre todo, a los hijos de inmigrantes. "No podían, está claro -asume Manuel Puig-, hablar el dialecto de sus padres, manejarse con recursos de un mundo que no les pertenecía. Y se volvieron hacia esos manantiales apócrifos." Y a ellos recurrió, también él, para construir su folletín. Partiendo de un rigor que, lejos de limitarla, enriqueció la novela. Sin primera ni tercera personas, las Boquitas se lanzan a su propia descripción, en los más desesperados intentos de eludir la verdad, de edulcorarla y negarla. Durante dos años, "empecé cuando todavía no se había publicado La traición", Manuel elaboró su segunda novela. "Primero intenté con un tema que no conocía demasiado y quedó trunco el Buenos Aires de 1948. Con el folletín, en cambio, todo resultó fácil hasta la mitad. "De pronto no pude adelantar y comencé a perseguir amigos, como siempre." Con la cabeza un poco ladeada, una tierna semisonrisa y su atención reposada, Manuel escuchó todas las opiniones, hasta que pudo seguir escribiendo. Ahora espera más de lo que se atreve a sospechar que la novela sea popular, por ejemplo. "Un nivel realmente masivo es lo que me interesa, por eso elegí el folletín, los personajes aparentemente triviales, el suspenso progresivo de la anécdota, el lenguaje que revela todo lo que no explicita." Y por fin, su vida ha comenzado a adquirir el ritmo que lo hace feliz. De mañana, "porque tardo muchísimo en despertarme", habla por teléfono y atiende su correspondencia. Almuerza y duerme una hora. "Y recién después de las tres de la tarde estoy en condiciones de escribir." El estudio, en la casa de sus padres, Charcas al 3400, tiene un escritorio grande, una ventana a la calle arbolada, muebles oscuros y nada que pueda distraerlo. "En realidad, no hago sino perder el tiempo, acomodar papeles y aburrirme hasta que no puedo más. Tan sólo entonces me resigno a escribir. No entiendo a esa gente que habla del placer de sentarse a la máquina. Yo lo siento como una tortura, lo eludo mientras puedo y me resigno cuando no hay más remedio. Pero después de la primera página nada podría detenerme. Escribir no se parece entonces al placer, sino a la felicidad. A la noche prefiere "las más bochornosas cantinas con música antes que los lugares de moda". Va al cine con los amigos y trata de no tentarse para comprar nada. "Prefiero no hacer otra cosa que escribir, y para vivir de la literatura, aun con las traducciones, debo ser metódico y humilde, pero no me cuesta demasiado. En Europa pasé tiempos muy malos, de verdadera pobreza, y eso nunca logró entristecerme demasiado." La nueva novela, sin título todavía, se exilia por fin de Coronel Vallejos. Tres porteños, dos mujeres y un hombre, serán los portaestandartes de lo que Manuel Puig llama "El espíritu destructivo y el placer de la agresión que caracterizan a Buenos Aires". Sin embargo, después de 15 años, "el misterio de lo argentino" ha logrado fascinarlo. "Todo es tan nuevo y tan mezclado ... Se improvisa, se inventa constantemente. La falta de moldes fijos crea un clima casi mágico. Sobre todo ahora, que la madurez ha perdido prestigio, aun para los argentinos, y los jóvenes socavan alegremente las superfluas construcciones de sus padres. Todos los moldes precarios, inseguros, con que la pequeña burguesía de mi época pretendía justificar su mundo se descascaran ante la impertinencia no-agresiva de la gente nueva. Los admiro y los envidio. No imitan a nadie, desprecian el snobismo, crean hasta la ropa." Pero se niega a utilizar esta generación, que lo deslumbra, en sus novelas. "No los conozco, realmente. No podría sino mentir, distorsionar por lo menos." Y esgrime otros motivos para no cebarse sino en la pequena burguesía "Los defectos de la clase alta son demasiado conocidos y, con respecto a los obreros, siento algo así como una simpatía demagógica, que me impide verlos con claridad."A fin de año volvería a Italia, para vigilar la traducción de su primera novela, y ya imagina "lo magnífico que veré a Buenos Aires desde lejos. Cuando no formo parte de la cosa, el misterio que todavía ofrecen aquí la tierra y la gente resulta más emocionante. Por fin sé que es únicamente sobre nosotros que quiero contar historias
Este artículo forma parte de:
"Manuel Puig: Una aproximación biográfica."
Una biografía multimedia en formato CD-ROM.
Investigación, entrevistas y compilación a cargo de Gerd Tepass.
Buenos Aires, junio de 2008.
ISBN 978-987-05-4332-9

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