Tuesday, November 18, 2008

El error gay


EL ERROR GAY

Escrito por Manuel Puig.
Publicado en 'El Porteño',
Buenos Aires, Argentina. 1990.

A la izquierda de la pantalla masculina, durante los años 60 se instaló la identidad gay. Alegre o sufrida, reprimida o liberada, siempre perseguida. ¿Acaso 30 años después sigue ocupando el mismo lugar? Ser más o menos macho es absolutamente intrascendente, opina aquí el escritor Manuel Puig, recientemente fallecido. Aún mas: "Los homosexuales no existen".


La homosexualidad no existe. Es una proyección de la mente reaccionaria. Lamentablemente, creo que en materia de sexo somos casi todos bastante reaccionarios: ¡para nosotros la homosexualidad existe y cómo! Pero nos hacemos ilusiones, igual que los que creíamos en la tierra plana. Me explico: estoy convencido de que el sexo carece absolutamente de significado moral, trascendente.
Aún más, el sexo es la inocencia misma, es un juego inventado por la Creación para darle alegría a la gente. Pero solamente eso: un juego, una actividad de la vida vegetativa como dormir o comer; tan importante como esas funciones, pero carente de peso moral. Banal, moralmente hablando. Por lo tanto la identidad no puede ser definida a partir de características sexuales, ya que se trata de una actividad justamente banal. La homosexualidad no existe. Existen personas que practican actos sexuales con sujetos de su mismo sexo, pero este hecho no debería definirlo porque carece de significado. Lo que es trascendente, y moralmente significativo, en cambio, es la actividad afectiva. Ahora me preguntarán cómo un acto capaz de dar
la vida puede ser considerado banal, no trascendente. Pues bien, creo que hemos pasado ya la Edad de Piedra, y así como hemos aprendido a no comer veneno y a no dormir dentro de la cueva de los lobos, hemos aprendido también a hacer hijos cuando queremos, y no cuando la casualidad lo quiere. En un mundo civilizado debería ser el afecto, el amor, el deseo de traer un ser nuevo al mundo lo que decida un nacimiento. Lo que da la vida, entonces, sería el afecto y no el sexo, y este último sería solamente el instrumento de un impulso puramente afectivo. Parece que el malentendido empezó hace ya muchos siglos por obra de un patriarca que habría
inventado el concepto de pecado sexual, con el fin, entre otras cosas de controlar a las mujeres. El concepto de pecado hizo posible la creación de dos roles diferentes: de mujer, el ángel y la prostituta. Es decir, una sirvienta en casa y una cortesana afuera para divertirse. Y, desde entonces, el 'peso moral' del sexo fue descargado exclusivamente sobre las mujeres, o quien como las mujeres es penetrado, como los llamados homosexuales pasivos.
Extrañamente, alguien un día decidió que la penetración era degradante, vaya uno a saber por qué. El falo tenía para estos extraños moralistas, un sentido colonizador y no de simple cómplice del placer. Que ese peso moral fue siempre descargado sobre la espalda de las mujeres es un hecho ya sabido que no precisa explicaciones, y el lenguaje cotidiano lo confirma continuamente. No recuerdo haber oído decir que un hombre era 'promiscuo' como un factor degradante. Se decía siempre que un varón que tenía actividad sexual con muchas mujeres era un 'homme à femmes', expresión simpática y para nada negativa. En cambio 'mujer promiscua' quería decir una cosa mala.Significaba un desprecio, una condena, una crucifixión, o por lo menos una degradación. Ese adjetivo lograba incluso un efecto perverso: volvía a la mujer 'promiscua' menos deseable sexualmente. Creo que la cumbre de esta operación represiva del lenguaje fue alcanzado por los periodistas norteamericanos que en los años 50 popularizaron el vocablo 'nynphomaniac'. Al principio, la expresión pareció escabrosa pero muy pronto se la adoptó en las primeras planas sin demasiados
escrúpulos. ¿Qué era una 'nynphomaniac'? Una mujer que tenía necesidad de actividad sexual y que osaba buscarla. Eso era todo, si se lo analiza hoy, pero en esa época implica un desdén y un rechazo cercanos al asco físico. El vocablo, en efecto, dejaba entrever otras motivaciones, como posibles disfunciones genéticas e inclusive una sombra de locura. En cambio la contrapartida masculina de la pobre 'nynphomaniac' parece que no existió. Un hombre de buena salud que tenía necesidad de sexo y lo buscaba era llamado 'stallone', una palabra laudatoria y graciosa.
Pero volvamos a la homosexualidad. Desde el momento en que aquel hipotético patriarca creó el concepto del pecado sexual, del sexo como manifestación demoníaca (cuando no neutralizada por ciertos ritos de brujería), se pasó a dar inevitablemente importancia al sexo.Trascendencia, significados ocultos, peso moral: he aquí el malentendido peligroso, porque incluso los menos reaccionarios, al negar el componente demoníaco de la sexualidad entraban en la dialéctica de los grandes significados y terminaban olvidando la característica más determinante del
sexo, que es precisamente su no pertenencia a la esfera moral. Una vez establecido la artificial trascendencia de la vida sexual se volvía importante, significativa, cualquier elección sexual. Y se establecían así los roles sexuales. La mujer iba a tener solamente derecho a ser penetrada y el hombre a penetrar. Y apenas llegado a la pubertad, el ser humano, más bien limitado diría voy a ser objeto sexual, debía descubrir enseguida lo que le gustaba y adoptar en consecuencia el rol correspondiente, para llegar a 'ser'. Vale decir, para lograr una identidad a través
del sexo. Sin esta presión de la sociedad para adoptar una identidad a través del sexo. Sin esta presión de la sociedad para adoptar una máscara sexual ya en tierna edad, la elección sería una operación muy distinta de la que todos nosotros hemos experimentado. La dramática elección entre una cosa y la otra era exasperada además por el hecho de que la masculinidad era identificada con el concepto de dominación y la feminidad con el de sumisión.

De cualquier manera, pienso que es imposible prever un mundo sin represión sexual. Me esfuerzo en imaginar como resultado una gran disminución de la llamada homosexualidad exclusiva y una gigantesca disminución de la llamada heterosexualidad exclusiva. Y nada de esto tendría ninguna importancia: todos estarían demasiado empeñados en su propio goce para preocuparse en contabilizarlo. Por eso, yo admiro y respeto la obra de los grupos de liberación gay, pero veo en ellos el peligro de adoptar, de reivindicar la identidad 'homosexual' como un hecho natural, cuando en cambio no es otra cosa que un producto histórico-cultural, tan represivo como la condición heterosexual. La formación de un gueto más no creo que sea la solución, cuando lo que se busca es la integración. Y por esto me parece necesaria una posición más radical, si bien utópica: abolir inclusive las doscategorías, hetero y homo, para poder finalmente entrar en el ámbito de la sexualidad libre. Pero esto requerirá mucho tiempo. Los daños han sido demasiados. Sexualmente hablando, el mundo es una 'disaster area'. En el próximo siglo muy probablemente nos verán como un rebaño tragicómico de reprimidos; un montón de curas y de monjas sin el hábito, pero disfrazados de grandes pecadores, todos víctimas de nuestras represiones.


Este árticulo forma parte de:

“Manuel Puig: Una aproximación biográfica.“
Una biografía multimedia en formato CD-ROM.
Investigación, entrevistas y compilación a cargo de Gerd Tepass.
Buenos Aires, junio de 2008.
ISBN 978-987-05-4332-9
distribución via: www.manuelpuig.com

Un carracol sin concha


Un Caracol sin concha.

Escrito por Rosa Montero.

Publicado en "El País Semanal", Madrid España,
20.11.1988

Se sienta justamente en el filo de la butaca, como un pajarillo algo torcido, inclinado deferentemente hacia delante como para escucharte y aprenderte mejor. Su amabilidad es delicadísima, entrañable: cuando, en mitad de la entrevista, los altavoces del hotel vocean su nombre, Manuel Puig va y vuelve cruzando el salón a un trote moderado para no hacerte esperar. "Despacio, despacio", le indico con la mano, desde lejos, cuando le veo galopar hacia mi por la moqueta. Pero él no animara el paso y cuando llega al sillón casi jadea. Se siente y suelta una deliciosa sonrisilla de disculpa, aunque no se sabe bien si pide perdón por haber corrido o por no haber corrido lo suficiente. Manuel Puig pertenece a ese tipo de personas que,
cuando sonríen, parece que llevan el corazón entre los labios.


- Acaba usted de publicar 'Cae la noche tropical', su última novela, tras seis años sin escribir narrativa. ¿Que le sucedió? Porque, además, su novela anterior, 'Sangre de amor correspondido', tuvo una acogida bastante mala por parte de la crítica.


M.P.: Sí... Eso creo que no fue muy estimulante... Pero sucedió algo muy curioso. Yo no creí que la crítica me afectase, porque desde que empecé a publicar siempre he tenido problemas. Cuando recién salió 'La traición de Rita Hayworth', más o menos, la opinión unánime era que se trataba de un esfuerzo preliterario. Y después la gente fue cambiando de opinión, y a partir de entonces me ha ocurrido una cosa terrible, y es que han usado el libro anterior contra el que se acaba de publicar. El segundo fue 'Boquitas pintadas', y dijeron: "Ah, tiene cosas interesantes, pero no tiene la profunda humanidad de 'La traición de Rita Hayworth'...". Cuando publiqué 'The Buenos Aires Affair', "Ah, experimentos muy audaces, pero no tiene el interés narrativo de 'Boquitas pintadas'.


-Así que ahora pondrán bien 'Sangre de amor correspondido'.


M.P.: Esperemos, finalmente. Porque fue siempre así. 'Sangre de amor correspondido', que salió en 1982, tuvo una crítica dividida y bastante hostil en muchos casos, y tuvo también la desgracia de salir una pésima traducción en inglés. Era como si el libro estuviese maldito. Cuando de pronto, en el año 1986, me dieron en Italia el premio a la mejor novela extranjera por esel ibro. Bueno, regresé de recoger el premio, volví a Río y me puse a escribir una novela.


-De modo que es verdad que las críticas negativas habían influido.


M.P.: Yo creo que sí, yo creo que habían influido. Y por otro lado, también hubo la influencia, aunque no nefasta, de Pepe Martín y Juan Diego, que en 1980 me convencieron de que adaptase 'El beso de la mujer araña' al teatro, y le tomé el gusto al teatro. Así es que después escribí directamente un par de obras teatrales. Pero desde luego, aquel fracaso me influyó.


-Me asombra que, después de una carrera literaria tan sólida, siga usted siendo tan frágil.


M.P.: Yo creía que no, que no era tan frágil, porque además mis libros nunca tuvieron inconvenientes al principio, y en la séptima yo creo que ya debería haberme acostumbrado y ser más invulnerable; pero... También influyeron otros boicoteos que hubo. En Argentina sucedió una cosa terrible. 'El beso de la mujer araña' no se había publicado nunca allí, y a finales de 1982, cuando ya se estaba retirando la Junta, Seix Barral, mis editores mandaron el libro allá. Y fue boicoteado por la prensa libre. Es decir, ya no había censura de ninguna especie, y el libro no tuvo una sola gacetilla, una sola crítica, una sola reseña. Pero ni siquiera un ataque. Yo nunca me
enteré de por qué pasó eso, en realidad... Y fue muy duro. Inconscientemente, las cosas así te van
cohibiendo.


Su exquisita cortesía podría resultar excesiva si no fuera por la limpia tranquilidad con que se comporta Manuel Puig. No hay en él esa obsequiosidad crispada que obliga al obsequioso a traicionarse, a conceder siempre la razón al oponente, a vender halagos por aprecio. Él, por el contrario, permanece expuesto, se diría que inerme, ofreciéndose tal como es. O al menos, ésa es la impresión que se percibe: pocas veces he conocido personas que aparentaran una sinceridad tan despojada de cosmética.


M.P.: Con 'Sangre'... hubo críticas malintencionadas que decían que el libro era transcripción directa de una cinta grabada. Cuando un crítico quiere molestar es fácil. En 'Maldición eterna'..., por ejemplo, había un personaje que decía banalidades terribles sobre el psicoanálisis. Y un crítico muy malintencionado de aquí, de España, que pertenecía a un periódico importante, citó esas frases como declaraciones mías, lo cual es muy deshonesto, muy grave.


-Durante esos años en los que no escribía, ¿estaba usted preocupado?


M.P.: Sí. Y voy a decirte más. Creí que no escribía más. Pensaba que escribir novelas era mucho trabajo. Creí que era una etapa terminada; y nunca es agradable vivir el fin de algo. Ahora he hablado con la gente de Italia, vi a la persona que me dio aquel premio en 1986 por 'Sangre de amor correspondido', y le dije todo lo que les debía, le conté que gracias a ellos fui capaz de retomar el hilo... Porque te diré más: no es que no escribiera nada, es que en ese tiempo empecé
dos cosas, dos novelas... Y las dejé.



Tiene 56 años, una calva pulcrísima y aspecto de administrativo maduro y algo apocado. O ésa es, al menos, su primera apariencia. Pero luego, a medida que transcurren los minutos, el físico de Puig
comienza a fragmentarse, a complicarse. Primero ésta su piel, tan tostada y bruñida, lujosa piel de los soles tropicales. Pero, sobre todo, ésta la magia transformista de su sonrisa. Saca Puig a pasear su indisciplinado batallón de dientes, todos blanquísimos pero cada uno apuntando hacia una dirección distinta del planeta, y su aspecto se transmuta espectacularmente en otra cosa, como si a su rostro se asomara, por un instante, el joven que Puig en antaño fue, o incluso el que soñó llegar a ser. Y así, cuando ríe, se parece asombrosamente a Tyrone Power, a un satinado galán de cine mudo, Valentino disfrazado de jeque árabe en apoteosis de palmeras de cartón piedra.


-Esa fragilidad ante las críticas de 'Sangre de amor correspondido', su vulnerabilidad ante las opiniones de los demás, supongo que tiene que ver con el peso de la mirada de los otros. El tema de "la mirada que juzga" siempre ha sido importante en sus novelas. Ha dicho usted repetidas veces que nos disfrazamos, que nos ponemos caretas para complacer a los demás, para agradar a los que miran.


M.P.: Lo terrible es que para establecer un contacto, si quieres comunicar con los demás, tienes que
inventar como una especie de personaje que se comunica, que no es el mismo que está metido dentro de ti y por ahí empiezas a creer más en el personaje, te olvidas de la persona y crees en el personaje. Pero muchas veces es simplemente esa necesidad de comunicarse con el medio...


-Por la necesidad de que te quieran.


M.P.: Sí, y entonces te tienes que vender de algún modo, e inventas un código que el otro pueda captar. Y ese código es siempre una simplificación y a veces una desvirtuación, una traición al propio "yo".


-En una entrevista de hace algunos años dijo usted: "Yo tuve que vérmelas con una mirada muy terrible durante años, que, aunque bien intencionada, era equivocadísima: la mirada de mi padre". Entonces, cuando sufría todo el peso de esa mirada paterna, ¿su imagen interior era muy distinta a la exterior?


M.P.: Ah, sí, sí, sí. Bueno, esto es un problema argentino muy grave. Hubo toda una generación de
niños educados para presidentes de la República. Yo creo que era un fenómeno que venía de la reciente inmigración. De pronto, estos campesinos europeos tenían hijos médicos, y si el hijo había sido médico el nieto tenía ser presidente. Se daban pasos agigantados, y había una ambición desmedida, no había límites. No se buscaba la satisfacción, sino cumplir una especie de progresión geométrica. Date cuenta de que, durante la guerra mundial, Argentina era para nosotros el punto más apetecible del mundo. Éramos privilegiados, teníamos paz, teníamos progreso... Y no había límites para la ambición. Nuestros padres miraban a sus hijos esperando no se sabía qué, porque no se podía parar el impulso. Si mi abuelo había sido verdulero y mi mamá había sido química, ¡yo entonces tenía que ser qué!


Cuando recupera la seriedad, a Manuel Puig se le evapora la mágica juventud de su sonrisa y en su
rostro se dibujan los estragos de la melancolía y de la edad, las cicatrices de los sueños que no fueron. Nació Puig en la Pampa argentina, en un pequeño pueblo que él odia cordialmente. Su realidad le resultaba estrecha y asfixiante, y desde muy chico aprendió a evadirse zambulléndose en el mundo luminoso de las películas. Pasó media vida huyendo de sus raíces y de sí mismo; estudió cine en Roma, y empezó escribiendo guiones cinematográficos, en inglés y en el más primoroso estilo hollywoodiense. Vivía en Nueva York cuando al final decidió hacer un guión en castellano y con temas propios de su tierra. Y aquel trabajo se convirtió en "La traición de Rita Hayworth", su primera novela. Manuel Puig tenía entonces 36 años y estaba comenzando a
reencontrarse.


-De joven usted renegaba de todo: del pueblo, de su cultura, incluso del idioma... No le gustaba el
castellano.


M.P.: Sí, claro...Es que como nosotros veíamos las películas en original y con subtítulos,
inconscientemente asocié a la lengua extranjera el mundo maravilloso de las películas. Y no sólo el
mundo de lujo y de situaciones irreales, de canciones, de danzas, sino también el del orden moral, y esto es muy importante. Porque en ese cine, el cine de los años treinta y cuarenta, había códigos muy claros. Y digo bien lo de código, porque las películas estaban regidas por el código Hays, que era la norma censura de Hollywood. El crimen no podía salir triunfante; la virtud tenía que
ser recompensada de algún modo; los malos, llegado su momento, pagaban siempre su maldad... Todo encajaba, ¿entiendes?


-Pero supongo que usted estaba recibiendo el mismo código moral por parte de sus padres.

M.P.: Sí, pero yo veía que en el pueblo había malos respetados. Que lo que en realidad se respetaba era el poder, y no la simpatía o la bondad... Después de aquello tuve muchos problemas con la
'fisique du rol'. Es decir, si había alguna persona buena con cara de malo, me molestaba mucho,
porque en el cine los buenos tienen cara de buenos, y eso era confuso. Y luego también, y eso lo fui
notando con el tiempo, vi que las emociones en el cine eran mucho más fáciles de leer. En la vida real yo notaba cierta incomodidad de la gente dentro de sus roles. Los actores del cine eran mejores que los de la vida: en el mundo real la gente no representaba sus papeles tan ajustadamente como en las películas. Y luego estaban las mujeres, que en el cine tenían su espacio, su personalidad propia, mientras que en el pueblo no eran más que personajes definitivamente secundarios.


-¿No ha vuelto usted a su pueblo?

M.P.: No. Desde los 15 años, que fue cuando me marché, no he regresado.
No sé, se me fui liando la vida. Primero la represión en Argentina que cuando quise darme cuenta ya habían pasado 10 años, y luego, ya viviendo en Brasil, la cosa se complicó porque he tenido que traerme a mis padres, que de repente se habían puesto muy viejos y dependientes económicamente de mí por catástrofe financiera argentina... Mi padre, además, está en condiciones terribles. Hace unos años tuvo una complicación de Parkinson con arteriosclerosis y quedó mentalmente aniquilado. Está con tres enfermeros rotativos. Así es que tenemos tres casas: mi mamá en una, mi papá en otra, porque tiene que estar aislado..., y yo.


-Pero en 40 años podría haber regresado en algún momento siquiera un fin de semana. Se diría que le da miedo volver al pueblo.


M.P.: Mira: nada me produce más curiosidad que mi pueblo... Pero yo quería volver como una mirada sin cuerpo. Como cuando ves una película. Quedar reducido a una mirada, ser un par de ojos, de oídos... Más allá del alcance del dolor. Ir a ver el pueblo como se entra a un cine, pues... Ésa es la película que más quiero ver.


-¿Sería una película de llorar?

M.P.: Seguro... Porque encontraría a todos 40 años más viejos...


-¿Y su vida? ¿Es también una película de llorar? No sé por qué, pero usted da la impresión de ser una persona que ha conocido estrechamente el sufrimiento.


M.P.: No, no. Yo te diría que he tenido una vida muy feliz. He conocido, sí, momentos terribles, pérdidas gravísimas. Pero empezaría todo de nuevo con mucho gusto. Lo que no me gustaría es pasar otra vez la edad, digamos, de los 11 a los 18 o a los 20. Esa edad es terrible. Porque es donde se produce el terrible momento de escoger algo tan espantoso, tan artificial y tan dañino como el rol sexual. Hasta hace poco se creía que los roles sexuales eran mandatos de la naturaleza, que uno había nacido así o asá, y que tenía que ajustarse a ello, aunque el rol no te calzara
demasiado bien. Y yo creo que es por eso que me causa horror. Porque en ese momento de la pubertad tienes dudas de todo, no sabes realmente lo que quieres, pero la presión ambiental te obliga a comprar una de esas mascaritas y a acomodártela sobre la cara.



Ha vivido en Italia, en Francia, en Nueva York y en México, y ahora reside en Río de Janeiro. De su
incesante peregrinar le ha quedado una imprecisa amalgama de acentos y costumbres: habla un extraño castellano de musicalidad ecuménica, y tan pronto pronuncia un "pues claro" estrictamente mexicano come une las puntas de sus dedos en un gesto romano y neorrealista.


M.P.: He llegado a un convencimiento: creo que todoslos planteamientos sobre la sexualidad son
equivocados. La homosexualidad no existe, es una proyección de la mente reaccionaria, y lo mismo la heterosexualidad. Yo creo que lo sexual pertenece totalmente a la vida vegetativa, ésta a la misma altura de la necesidad de nutrición o de dormir. Son tres actividades de la vida vegetativa, está a la
misma altura de la necesidad de nutrición o dormir. Son tres actividades básicas, importantísimas, pero las tres carentes de significado moral, de trascendencia moral. Las tres se agotan en sí mismas.
Lo que sí tiene trascendencia, y es esencial y específicamente humano, es el ámbito de lo afectivo.
Pero el sexo no. Lo malo es que, en algún momento aciago de la humanidad, se cometió el trágico error de adjudicar a lo sexual un significado moral. Es decir, alguien inventó que el sexo podía ser fuente de mugre y de degradación. Penetrando a una señora se la degradaba. Se les podía haber ocurrido que de ese modo se la enaltecía, pero, por desgracia, eso no se le ocurrió a nadie. De modo que el peso moral del séñor lo cargó la mujer. Si un hombre tenía grandes necesidades sexuales era un modelo de salud. Y si una mujer tenía necesidades sexuales incontroladas era ninfómana o, como decían en mi pueblo, tenía fiebre uterina.


- Habla usted en pasado, pero la confusión entre sexo y pecado sigue siendo una realidad.


M.P.: Oh, sí, claro, la situación real sigue siendo mala. Si tú, a los 13 años, tienes un encuentro homosexual que te resultó placentero, ya tienes que quedarte ahí; y si años más tarde te apetece hacer otra cosa, ya va a ser difícil, o más difícil. Y lo mismo si has estado instalado en la heterosexualidad hasta los 30 años y luego se te cruza una cosa diferente. Todo esto produce mucho sufrimiento. Cuando lo sexual es lo intrascendente, y no tendría que preocupar a nadie: hoy es con una señora, y mañana con un señor, y pasado con una cabra o lo que sea...


-Luego esta también el confundir el sexo con el amor.


M.P.: Oh, sí, es una fuente inagotable de confusión.


- ¿Le ha sucedido a usted alguna vez, ha confundido el sexo y el amor?


M.P.: Sí, pues claro, eso constantemente, constantemente. Puedes perpetuar espejismos del
modo más tonto, perder un tiempo horrible... Lo terrible es eso, que la identidad pasa a ser definida por el sexo. Es decir, una banalidad pasa a definir lo esencial.


No es religioso, pero dice creer "en una energía positiva". Tiene un aspecto sedentario, pero es un
aventurero interior, que es la aventura más difícil. Su condición de viajero perpetuo le ha hecho austero y despojado: "No poseo más que unos cuanto libros y unos videos". Así, liviano de vida y de bagaje, está siempre dispuesto a empezar de nuevo en cualquier parte.


-Tengo entendido que, de todos los sitios en los que usted ha vivido, donde peor lo pasó fue en Nueva York.


M.P. Sí; la segunda vez que viví en Nueva York fueron unos años terribles, porque se juntaron muchas cosas. Es cuando escribí 'Maldición eterna a quien lea estas páginas'. Cuando salí de Argentina me fui a México, y en México me sentí muy bien. Pero de algún modo desarrollé un problema con la altura. Y me fui a Nueva York. Y ése fue un momento terrible, porque fue
entonces cuando se definió lo de la Junta en Argentina, y coincidieron tantas cosas malas que...
El año 1975 fue un año tremendo. Yo tenía 'El beso de la mujer araña', y evidentemente el libro no se podía publicar en Argentina con militares. Mis otros dos baluartes editoriales eran Feltrinelli, en Italia, y Gallimard, en Francia. Y entonces les mandé 'El beso de la mujer araña', y me lo rechazaron los dos. Y además fue feo, porque no dijeron por qué, es que no estaban de acuerdo políticamente con el libro, porque en aquella época la mezcla de cosas sexuales con revolución, marxismo, etcétera, les pareció que no era... Pero ninguno de los dos dijo que no estaba de acuerdo con la ideología de la obra. En vez de eso, argumentaron que la novela estaba mal escrita, que
no publicara eso, que me iba a desprestigiar...


-Desde luego, como augures no parecen tener un gran futuro.


M.P.: Y aquí, en España, en cambio, Pere Gimferrer, en Seix-Barral, me tranquilizó y me dijo: "No, no, no, aquí no hay problemas, vas a ver que..." Y la cosa empezó a marchar bien aquí. Pero cuando Gimferrer dijo: "Aquí todo bien, no hay problemas", entonces fue a mí a quien le vino el miedo. Porque mi familia estaba en Argentina. Ay, qué hago... Y el libro estuvo más de seis meses esperando, porque yo llamaba por teléfono y decía: "¡No, no, no lo publiquéis!" Hasta
que al final ellos dieron la orden por su cuenta, y me hicieron un favor. "Lo que quieren en Argentina", me dijeron, "es que los revoltosos se vayan. Pero una vez que están fuera no les importa". Y así fue.


Empezó siendo un niño que se negaba a ser quien era, y con el paso del tiempo aprendió a reconocerse y fue abandonando los disfraces. Hoy Puig muestra esa rara desnudez de quien ha prescindido de corazas; es como el caracol que se ha despojado de su concha, carne esencial y blanda. Tan frágil en su apariencia y, sin embargo, tan densa, tan perseverante, tan elástica.


-La novela que acaba de publicar, 'Cae la noche tropical', trata de de dos ancianas de más de 80 años. Usted dice siempre que en todos sus libros hay un conflicto personal no resuelto.
¿Cual es el conflicto que oculta esta obra?


M.P.: Esta novela fue originada, más que nada, porque por primera vez tengo muy cerca de mí unas
personas que han entrado en la épica de la vejez. Me ha dado cuenta de que la vejez es la edad épica por excelencia, porque todos los días echas un pulso con la muerte. A esa edad ya no eres dueño de tu futuro próximo. Todo tiene que ser consultado con la muerte: "Muerte, ¿puedo hacer una cita en dos meses?" Todo tiene que planificarse con tanta habilidad... Y estas gentes no solamente son
sorprendidas por la edad con estos terribles problemas, sino que además viven tiempos de cambios fundamentales. Mis padres, por ejemplo, después de haber tenido una vida sin demasiados
apuros económicos, ahora lo han perdido todo por la situación financiera. Así es que de golpe están sin dinero. Adaptarse a todo eso es una épica tremenda.


-¿Le da miedo envejecer?


M.P.: A mí me pasó una cosa que me hizo las cosas bastante claras. Yo tenía un físico más o menos
pasable, y había quien se daba vuelta por la calle para mirarme. Y más o menos a los 32 años fue como si una luz se apagara. Se me cayó el pelo, y me cambió el cuerpo, me encorvé y... Perdí completamente mí... Pasé a ser, no un monstruo, pero sí una persona sin ese poder físico al que yo estaba acostumbrado. Y eso yo lo perdí muy, muy pronto, más o menos a los 32 años. Se acabó. Y de repente ya, a partir de ahí, me sentí despojado de mucho. Ésa fue una de las pérdidas claves, dentro de las muchas pérdidas que hay en la vida.


-Pero, además de despojado, quizás se sintiera usted también liberado. Es decir, a partir de ahí quizás ya le costara menos seguir envejeciendo...

M.P.: Tal vez, sí, sí. Ahí dije: bueno, se acabó, ya no me pueden pagar, tengo que pagar yo. Ya no hay más que perder.

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"Manuel Puig: Una aproximación biográfica."
Una biografía multimedia en formato CD-ROM.
Investigación, entrevistas y compilación a cargo de Gerd Tepass.
Buenos Aires, junio de 2008.
ISBN 978-987-05-4332-9
distribución via: www.manuelpuig.com